Crónicas viajeras: Conspiración vs Javo I

Cuando viajas, el mundo entero conspira para que no tomes tu avión, camión, tren, barco, etc. Y la vida me lo ha demostrado en varios momentos.

Para los que leyeron mi publicación pasada, sabrán que al llegar a Toronto tenía un plan estructurado para continuar el viaje perfecto, aunque horas antes había sufrido una agonía desde Nueva York hasta mi destino.

Llegué a Toronto a la hora indicada: 10 am

Mi vuelo salía a las 7pm.

Tenía 9 horas para llevar a cabo mi plan: Empezaría yendo a la nueva casa de mi viejo roomie que me había prometido cuidar mis maletas con los recuerdos para mi familia suiza y la ropa que llevaría en ese viaje. Al mismo tiempo lavaría la ropa que traía de Estados Unidos para que no me falte nada. Posteriormente iría a mi trabajo a cobrar mi último cheque para cambiarlo por euros en el banco más cercano al restaurante (Trabajaba en un restaurante de comida libanesa) y después tomar el metro al aeropuerto que duraba unos 45 minutos en llegar. Todo eso usando el transporte público: camiones y metro, en una ciudad que es considerada el Nueva York de Canadá, por la gente y el tráfico. Pero yo era muy optimista y nueve horas era suficiente.

10.00: Llegué a la estación de camiones ubicada en el centro de la ciudad y no tenía pila en mi celular, encontré un enchufe en la estación para poder cargarlo y llamar a Arturo para ir por mis cosas. No contestó la primera vez y pensé que era muy temprano para él, probablemente seguiría durmiendo. Le llamé de nuevo y tampoco respondió. Esperé un rato mientras cargaba mi celular. Llamé minutos después y no había respuesta. Ahí empezó mi desesperación porque además no conocía la dirección exacta de su nuevo departamento y nunca he confiado tanto en mi memoria. No recuerdo cuantas veces le llamé, probablemente fueron 15 o 20 veces y Arturo nunca contestó su celular. El tiempo corría y yo seguía sin hacer nada por lo que decidí tomar un camión y tratar de recordar donde vivía.

11.40: Legué al nuevo departamento de Arturo. Toqué la puerta y grité para que me abriera. Tampoco hubo respuesta. No puedo describir lo molesto que estaba en ese momento con él porque mi tiempo estaba corriendo. Aproximadamente 20 minutos después de que llegué por fin abrieron la puerta. Era Memo (un campechano que parecía más yucateco que campechano), él era el nuevo roomie de Arturo, salió semidesnudo y me dijo que Arturo no estaba, de hecho, se había ido a Montreal a un concierto un día antes, y claro, no le dijo a Memo que yo llegaría a buscar mis cosas, pero eso no era todo, Arturo olvidó que yo regresaría por completo a su departamento. Peor aun, al irse a Montreal, cerró la puerta de su cuarto bajo llave, el cuarto donde había él dejado mis cosas, y cuya llave se había llevado consigo.

Ahí se me iban 150 dólares en souvenirs y mi ropa limpia para un viaje de dos meses.

Intentamos a como dé lugar abrir esa puerta y no se pudo. Utilicé cuchillos, navajas, desarmadores y no se podía. Arturo nunca contestó su celular. Mi única opción entonces era olvidarme de los souvenirs para mi familia suiza y lavar la ropa, que había llevado a un viaje de dos semanas, para otro viaje que duraría dos meses. Ya estando en ese departamento la mejor opción era pedirle el favor a Memo para que pudiera lavar mi ropa, sin embargo, no accedió porque se encontraba acompañado (eso explicó su semidesnudez) y no quería que su momento se viera arruinado por mi ropa sucia, por lo que no me quedó más remedio que decirme que no. Insistí, pero fue en vano.

Tenía otro buen amigo, Damián, que vivía en el centro de Toronto, casi de donde yo había venido al departamento. Le llamé y como buen chilango me dijo:

“¡No mames sin pedos!”

Claro, tenía que tomar el camión de regreso y luego tomar otro hacia su casa.

13.30: Llegué a Spadina, donde vivía Damián. Le comenté lo muy encabronado que estaba porque no tenía ropa ni souvenirs. Me dijo que me echaría la mano en lo que pudiera, metimos mi ropa sucia en la lavadora mientras que organizaba mis zapatos, un libro, una libreta para escribir, mi navaja, mis cubiertos, mi bolsa de basura para ropa sucia y demás objetos que cupieran en mi mochila de viaje. Me dijo que él se encargaría de doblar mi ropa (así de buen pedo)  para que yo pudiera ir a mi trabajo por mi último cheque.

14.30: Mi trabajo se encontraba a 20 minutos de Spadina. Tomar el metro me tomaría más tiempo que correr, por lo que decidí hacerlo y en plan comando, porque hasta mis boxers estaban sucios. Llegué al mejor restaurante de comida libanesa “Basha” donde trabajaba. La primera reacción de todos los empleados es lo mucho que había bajado de peso (ser mochilero y comer mal van mucho de la mano) pero les sorprendió más mi regreso. Ellos también habían olvidado que regresaría por mi último cheque.

Quedaban cuatro horas y media para tomar mi vuelo. Por supuesto que tenía que estar tres horas antes en el aeropuerto para hacer check in, por lo que me quedaba solo una hora para terminar mi plan.

Pero de nuestros planes se ríe Dios y el reloj seguía corriendo.

 

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