El doble filo de la memoria

Es el carácter selectivo de la memoria ilógico en mayor proporción de lo que no: Atrapa y atesora lo más inconveniente como si fuéramos lo suficientemente hábiles para captar el sentido de sustraer el aprendizaje y no el error.

Pero uno se queda con lo último que le dicen, y en este caso, es el error.

Son episodios los que reproduzco,  sombras que delinean las figuras humanas y risas finitas, perdidas en el tiempo o el último rincón de mi cabeza.

Aun cuando resulta masoquismo, lo inconveniente no se olvida ni se disfraza de buen recuerdo. Siempre al final, yace el trago amargo.

No son cenizas, fuego.  Queda en un inter que nadie sabe ni quiere describir demasiado. Lo importante es que no se encuentra encendido; pero, ¿y apagado?

A uno le gusta acordarse de las historias sin colorín colorado en las que participó, porque no hay límite de tiempo, es un juego interno de repetición, de adoptar los personajes que no fuimos, de encontrarnos con quien no pudimos ni quisimos.

Mientras tanto, la memoria como un signo de cordura se convierte en un continuo recordatorio de una serie de momentos que fueron y no volverán.

 

-Monse

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