Crónicas viajeras: El inicio de una odisea

Hubo un viaje en particular con el que soñé: regresar a Suiza a visitar a mi familia anfitriona. Después de extensas jornadas laborales, lidiar con ebrios nefastos, sacrificar meses sin vida social alguna y muchos meses de preparación, lo logré.

La fecha que tanto había esperado era el 11 de Julio del 2011. Ese día regresaría al viejo continente después de dos años de haber dejado una vida entera ahí.

Pero dos semanas antes tuve la dicha de viajar con mis mejores amigos. Decidimos ir los tres juntos a conocer la cuna de la independencia gringa: Boston y Washington, aunque ya estando de paso conocimos Nueva York.

Fue un viaje bastante ameno y, a pesar de nuestra corta edad, nos echamos dos semanas fingiendo que estábamos de mochilazo cuando probablemente no era así. Fue un gran viaje, pero tuvo un principio que en ese momento no me di cuenta pero sería uno de los momentos más estresantes de mi vida.

Regresaría desde Nueva York a Toronto el mismo once de julio por la mañana para luego tomar un vuelo a Francia a las siete de la noche, y mi plan para ese día era llegar por la mañana para ir temprano al departamento de mi roomie a cambiar mis mudas de ropa para empacar unas más limpias que me acompañarían durante el viaje por dos meses, así como tomar todos los recuerditos que le llevaría a mi familia y las personas que conociera en el camino, posteriormente iría a mi trabajo a cobrar mi último cheque, pasaría al banco a cambiar mi dinero por euros y después llegaría al aeropuerto tres horas antes de que saliera mi vuelo.

Pero de nuestros planes se ríe Dios.

Todo empezó con un camión que iba desde Toronto a Nueva York. Si se preguntan cuál es la opción más barata para hacer ese recorrido, les recomiendo Megabus o Greyhound, claro, si sus presupuestos son tan cortos como el mío era, esa es la única opción. El mal presentimiento de un mal viaje llegó a mí con el olor a hotdog impregnado en los asientos, que sentí en el momento en el que me subí al camión, me quedaban doce horas viajando con ese olor en un asiento muy pequeño junto a la persona que más roncaba en todo el vehículo. Pero mi euforia por empezar el viaje hizo que tolerara de todo.

Al comprar el boleto, me imprimieron ambos, ida y vuelta, en una tira de papeles que estaban pegados entre si y que tenían puros códigos en ellos impresos. Esa tira de boletos me pidió el controlador del camión cuando pasó junto a mi asiento, y como yo no entendía cuál de todos era mi boleto de ida, él los tomó y arrancó varios de ellos. En ese momento pensé:

“Javo, siento que la estás cagando dejando que arranque todos esos papeles y se los lleve”.

Pero a esas edad crees que todo el mundo es bueno y pues, no siempre es así.

La sorpresa me la llevé once días después de tan gratas experiencias. Mis dos amigos fueron conmigo a la estación de donde saldría a Toronto, nos despedimos efusivamente porque no los vería por al menos ocho meses, o eso creía yo. Y al subir al camión y entregar los boletos me dijeron que no eran esos. Que el código era incorrecto porque era canadiense y no lo reconocía el sistema de la misma empresa en EEUU. Evidentemente me alteré bastante. Era la única opción que tenía para llegar al día siguiente a Toronto a tomar mi vuelo a Francia. Ese recorrido entre NY y TO duraba doce horas, y la siguiente partida salía a las seis de la mañana. No tenía otra opción: Lo tomaba o lo tomaba.

Discutí con el chofer, con el controlador, con el gerente y todas las personas encargadas de ese viaje. Pero no hubo forma alguna de ayudarme.

Por “suerte” quedaba un único asiento libre y disponible en el camión que no se había ocupado: el mío.

Tenía que pagar ciento veinte dólares por un asiento que ya estaba pagado. Era eso o perder un vuelo a Francia. No tuve otra opción.

Sentí nuevamente el olor a hotdog que me acompañó toda la noche, eso, más la frustración de haber gastado más dinero que en verdad no tenía, mi ilusión era que al día siguiente empezaría otro viaje…

Pero ese era solo el inicio de una odisea.

 

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