Kalycho Escoffié – Cuentas que saldar

Por Carlos Luis Escoffié Duarte “Kalycho”

Es fácil engañarnos y confundir lo que somos con lo que quisiéramos ser. Por eso yo hace un par de años que no digo “soy baterista”.

En algún momento lo fui. Tendría unos doce años cuando compré mi primera batería. Creo que jamás he ahorrado dinero con tanta pasión. Después de poco más de un año, una tarde pude ir por aquella New Beat y llevarla hasta la casa. Era un modelo básico de una marca económica. Pero para mí era el instrumento más brillante del mundo.

En ella pasé horas practicando en solitario y con mi grupo. Me esforzaba por sacar discos enteros en ella: “Blood sugar sex magik” de Red Hot Chili Peppers, “The Wall” y “Meddle” de Pink Floyd, “No prayer for the dying” de Iron Maiden, “Dynamo” de Soda Stereo, entre otros. Desde eso no puedo oírlos sin sentir nostalgia hacia una forma de interactuar con esas canciones que no he vuelto a experimentar.

Compuse algunos temas con mi grupo. Unos que hoy me dan profunda vergüenza y otros que –para qué fingir modestia- me dan cierto orgullo como a cualquier padre primerizo. Creo que pudimos hacer más. Quedaron los que pudimos preservar en un demo con innumerables errores de interpretación. Pero que es nuestro y es lo que importa.

Dejé de tocar batería. A diferencia de todo lo anterior, no es algo que me llene de orgullo. Mi última batería –la cual compré tras vender esa primera New Beat– fue vendida por partes. La universidad y la decisión de explorar otras pasiones hicieron que poco a poco fuese desmoronando ese mundo que habité durante años: al menos dos ensayos semanales con el grupo, discos que trataba de tocar de principio a fin, domingos limpiando y aceitando las piezas, fines de semana en tocadas como oyente o como parte de uno de los grupos que iban a tocar. Las razones por las que dejé de tocar batería son muchas, pero ninguna tiene importancia. El punto es que ya no lo hago.

Lo sé. No creo que a muchos les interese esta anécdota sin trascendencia. Pero el punto que quería tocar aquí tiene que ver con algo que me ocurrió el año pasado. Me mudé a un apartamento a unas cuadras de la zona que concentra las principales tiendas de música de la ciudad. De vez en cuando, cuando cruzo a hacer las compras, la curiosidad me gana y entro a alguna de ellas. Para mi sorpresa, recuerdo marcas, algunas series y hasta medidas. Me di cuenta que podría fácilmente comprar una batería otra vez. ¿Por qué no hacerlo? No era una pregunta nueva, pero mi respuesta fue diferente a otras ocasiones. Esta vez, descubrí que tenía razones para considerarlo: nunca traté de sacar completo “Seventh son of a seventh son”, quizá mi disco favorito de Iron Maiden (no entiendo por qué sí saqué “No prayer for the dying”). Tampoco saqué ningún álbum de Queen completo.

¿Es momento de hacerlo? ¿No estoy ya muy “grande” para volver a empezar después de siete años desde la última vez que me senté en una batería? No lo sé. Pero he decidido empezar a ahorrar para comprarme una nueva. Y esta vez será una DW o Yamaha, como siempre quise.

Tuve una oportunidad que creo que todas las personas deberían darse en esta vida: aprender a tocar un instrumento. No creo que sea posible escuchar la música del mismo modo después de hacerlo. Y sin embargo, no me arrepiento de haberle dedicado tiempo a otras cosas. No hay nada como apasionarse de las pasiones y dejar que una o algunas marquen determinadas etapas de tu vida. Pero hay deudas que uno no puede darse el lujo de lamentarse. Muchas veces regresamos aquellos sitios que extrañábamos sin saberlo.

No sé cuánto tiempo tarde en ahorrar para regalarle al Yo de doce años la batería que siempre soñó. Desgraciadamente, la vida cada vez más adulta se interpone un poco en ese camino. Pero he decidido hacerlo. Al menos intentarlo. Además de la muerte, quizá lo único que tenemos asegurado en esta vida es que llegaremos al final de ella cargando con varios qué-hubiese-pasado-si sobre nuestros hombros. Por eso es imprescindible saciar todos los que sean posibles. Al menos los más importantes.

La idea de volver a comprar una batería a mediano o largo plazo me hace recordar la emoción de cuando tenía once-doce años y empecé ahorrar, a pesar del sacrificio que en aquél entonces significaba limitar salidas de fin de semana. Es como si la sola idea me trajese de vuelta cosas que creía haber perdido. Y es que, realmente, sigo siendo la misma porquería que era en ese entonces. Con mayor kilometraje, pero con ganas de volver por ciertos caminos. Prefiero darme el lujo de darme cuenta por mí mismo que estoy permanentemente oxidado a no correr el riesgo.

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