Las envolturas también nacen, viven y mueren

-Por Jimena Ruiz Torres.

Ya pasaron cuatro horas desde mi última comida. Entro a la cafetería y me rompo la cabeza intentando escoger la opción más saludable. Escojo unas galletas integrales. Se acaban y tiro la envoltura en el bote de irrecuperables.

Desde hace muchos años hay una gran cantidad de información sobre el impacto que tiene nuestro consumismo en el medio ambiente.  Pero a veces siento que no logramos entender el vínculo de sus repercusiones con nuestra vida diaria.

Cada vez que salimos, compramos algo. Unas papitas, una playera, un café, unos cigarros, pedimos comida para llevar. Pero nunca nos detenemos a pensar que conlleva que este objeto esté en nuestras manos. Y mucho menos que va a pasar con el cuándo nos deje de servir.

Aunque no lo parezca, esas pequeñas compras que realizamos TODOS los días necesitan un recurso primario que sea explotado, una persona que lo produzca, un medio de transporte que lo mueva. La mayoría de las veces estos procesos no son los ideales para los involucrados. La tierra siempre sufre, eso lo tenemos bien claro (espero). Pero las personas que trabajan en los lugares de producción (fábricas, maquiladoras, laboratorios) y las que viven en las tierras de donde se saca la materia prima también. Y de manera brutal.

Al mismo tiempo, cuando “tiramos” las envolturas, restos, o incluso las cosas que compramos no pensamos en su vida más allá del bote de basura. Todo esto termina en algún lugar del mundo: en el relleno sanitario, en el mar, en el patio de la casa de alguien en Indonesia. Por cierto, ese alguien probablemente tiene familia, enfermedades y ama a alguien.

Tenemos que ser muy tontos para pensar que esto no nos está afectado. No es solo al planeta o a ese pueblo de Honduras donde X empresa tiró sus desechos químicos (aunque eso debería ser suficiente motivación para dejar de hacerlo). Nos afecta a todos, sin excepción. Porque esa contaminación está en el aire que respiramos, en la comida que consumimos y en el agua que tomamos. La contaminación no reconoce fronteras (porque, ajá, no existen).

El ritmo de consumo que llevamos no es sostenible por ningún lado que lo queramos ver. Sin embargo, así como fregamos al mundo día a día, podemos ayudar a mejorarlo día a día. Con un simple acto: piensa, no dos, diez veces antes de comprar. ¿Qué tanto lo vas a usar o qué tanto lo necesitas? Piensa que esa acción de comprarte las galletas tiene una repercusión a nivel mundial, y más si lo repites diario: sal preparado de casa la próxima vez.  Y como bonus, vas a ahorrar un chorro de dinero que puedes utilizar para tomar la clase de pintura que siempre quisiste o para ese viaje a la Ciudad de México que vienes planeando desde el año pasado.

Vamos a dejar de ser egoístas e irrespetuosos con nuestro cuerpo, con nuestros vecinos del mundo, y con el planeta que tanto nos quiere.

 

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