Crónicas Viajeras: El pillo Till III

Era más de la media noche y nos esperaban unos ocho kilómetros caminando hacia el aeropuerto…

Bueno, eso pensábamos, pero una vez más afirmo que cuando viajas conoces a gente impresionante o gente que nada más llega en el momento indicado.

La pareja peruana nos acompañaba hacia la salida, y una cuadra antes de llegar, pasamos por una pizzería que estaban cerrando. Los dueños eran una pareja italiana en medio de sus cincuenta años, extremadamente amables. Al ver pasar a sus amigos peruanos caminando a esas horas de la noche, les preguntaron inmediatamente qué estaban haciendo. Les respondieron que intentaban ayudarnos y que solo nos guiaban. Los italianos inmediatamente reaccionaron exageradamente, y como es su forma de hablar, nos advirtieron con todo tipo de ademanes y expresiones italianas que no debíamos caminar por esa calle.

Pero no teníamos otra opción.

Amablemente irritados, tomaron las llaves de su Mercedez Benz y nos dijeron: “Andiamo! Nosotros los llevamos”

Tanta suerte y/o amabilidad en un momento como ese era difícil de creer.

Y así fue, por fin llegamos al aeropuerto. Nos bajamos del auto y no dejamos de decirles en cada momento lo agradecidos que estábamos con ellos. “No nos gustaría que nuestros hijos estén en su situación y sé que ustedes también lo harían por nosotros” nos dijeron.

Por fin habíamos llegado a nuestro destino. Esperábamos dormir al menos algunas horas antes de abordar nuestro avión, pero nos esperaba otra sorpresa. El aeropuerto estaba cerrado por las noches. Nadie podía entrar hasta las cinco de la mañana. Esa era una forma más de sabotear los planes de unos mochileros. De hecho, había más de cuarenta mochileros durmiendo sobre las banquetas alrededor del aeropuerto. Todos en grupos, todos buscando protección.

Solo había algo más que nos preocupaba además de dormir en la calle. Llevábamos ya varias horas sin haber comido, pero nos quedaba [un bendito] casi litro de te.

Nos sentamos a tomar te. Pero la brasileña y la lituana nos recordaron uno de los principios básicos de los viajeros: Compartir. Ambas sabían de nuestro problema económico. Nos sentamos en la banqueta y nos compartieron lo único que ellas tenían en es momento: Unas galletas crackets, un poco de jamón, queso y nuestro te. Sin duda alguna fue la mejor cena de ese viaje.

Esa noche fue poco el sueño y mucha la conversación esperando nuestro vuelo.

Llegando las cinco de la mañana abrieron las puertas del aeropuerto. Fue un momento mágico para todos los que dormían en la calle y buscaban un poco de calefacción mientras esperaban su vuelo. Entramos y la lituana se despidió de nosotros deseándonos mucho éxito. Era una coincidencia que la brasileña y Carlos y yo  abordáramos nuestros vuelos en la misma sala  y ahí nos dirigimos.

En ese preciso momento, del otro lado de la sala, una persona resaltaba por su altura y escuché decir a Carlos: “¿No es ese Till?”

Claro! Olvidamos que él viajaba el mismo día, a la misma hora, del mismo aeropuerto hacia Francia. Ya nos lo había dicho, pero lo olvidamos por completo.

Los primeros consejos de ambos fueron: “Ve y pártele la madre”.

“Ve y cóbrale, que te devuelva lo que te robó”

Tomé coraje y fui a verlo.

Lo primero que hice fue golpearlo en el estómago para ganar ventaja. Al inclinarse lo golpeé en la cara pero en ese momento llegaron los guardias y nos separaron. Esa fue mi primera noche en una cárcel en toda mi vida, pero no la última.

No es cierto, no me gusta la violencia.

Nunca había intimidado tanto a alguien. Me vio y bajo su mirada inmediatamente. Lo saludé y le pregunté que si se había resuelto su problema con el banco. Luego le comenté que precisamente la noche que él había dormido en el hostal me habían robado los últimos euros que tenía, y que era mucha casualidad. A lo que él me respondió inmediatamente que no había robado nada.

Le dije que en su peor momento yo lo había ayudado y que era su turno. Sacó su billetera y me entregó veinte euros. Le deseé un buen viaje y mucho éxito. Nunca me vio a los ojos.

Carlos y la brasileña no dejaban de decirme que debí haberlo golpeado, pero no.

Llegó la hora de despedirnos, le agradecimos a la brasileña lo mucho que nos había ayudado y sobre todo por haber compartido la cena con nosotros. En ese momento tomó de su bolsa un billete de veinte euros y nos dijo: “Es mi regalo para que tengan un mejor viaje, lo necesitan más que yo” La verdad es que no dudamos en tomarlos y le agradecimos aún más. Luego, se fue.

Desgraciadamente no recuerdo su nombre, quisimos agradecerle nuevamente en redes sociales pero nunca la encontramos. Creé incluso un perfil en Orkut, que era la red social más popular en Brasil para ver si la encontrábamos. Solo sabíamos que era de Recife, pero ni publicando en los grupos de esa ciudad la encontramos.

Si algún día la encontráramos o de alguna forma ella leyera esto:

Gracias!

Y si algún día Till llegara a leer esto:

Chinga tu madre!

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