ENTRE HOBBIES Y RESPONSABILIDADES

Como probablemente se hayan dado cuenta las Olimpiadas son un tema muy habitual en los medios desde hace una semana, y como buena “pseudo aficionada momentánea” procuro estar informada de las noticias y los enfrentamientos de las disciplinas que más me interesan, una de ellas es el voleibol.

Haciendo un poco de memoria y cálculos rápidos comencé a practicarlo en 5to de primaria hasta mi 3er año de prepa, sumando también que durante este último además de los entrenamientos y partidos habituales en las tardes, practicaba en las noches en una universidad con el objetivo de solicitar una beca deportiva para mi próximo año.

Todo marchaba bien, entraría a la universidad y mientras siguiera practicando el deporte que amo mantendría mi beca, sin embargo, no contemplaba que a finales de ese último año las dudas iniciaran, ¿y si el tiempo no me alcanza? ¿Y si me va mal en la escuela por el deporte? ¿Y si me va mal en el deporte por la escuela? ¿Y si además planeo empezar a trabajar? Quedaría completamente amarrada  y empezaría a ser más una obligación que un gusto ir a los entrenamientos. Probablemente en su momento dramaticé un poco las cosas, pero lo pensé bien y al  final decidí no aplicar. Continuaría por mi cuenta.

Con el tiempo las tareas y las ocupaciones llegaron a mi vida, poco a poco fui desplazando los entrenamientos y por los cuatro años siguientes lo abandoné, no tenía tiempo para él.

Hace como un año y medio una amiga me comentó que entrenaba en su universidad, días después platicando con la entrenadora accedió a aceptarme como extra, yo ya había terminado la universidad, no más tareas, no más entregas, se supone que ya tendría tiempo para jugarlo, pero al final también me equivoqué.

Comencé a trabajar en una constructora, además tenía otros trabajos a parte y entré nuevamente a otro grupo apostólico. 7 meses después no podía, una vez más no había tiempo para jugar.

Llevo varios días encendiendo la tele para ver los partidos, los miro con mucha emoción pero también con mucha nostalgia y tristeza,  nunca he sido una persona deportista ni muy atlética, pero cuando se trataba de voleibol no me importaba cuánto sol había, no importaba si el suelo raspaba, si no tenía zapatos, siempre estaba dispuesta a una cascarita aunque eso implicara terminar con las rodillas destrozadas.

Hace algunos meses llegué a pensar que nada en el mundo me apasionaba, pero creo que podría considerar que esta disciplina es lo más cercano a eso.

Saltar, gritar, pegar, motivar, reaccionar, analizar, lo extraño con toda mi alma y con todo mi ser. Y una vez más me encuentro planteando la posibilidad de regresar.

¿Por qué será que siempre sacrificamos algo que amamos hacer por otras cosas que consideramos más relevantes? (O incluso menos) ¿Por qué no nos esforzamos en hacer un huequito para poder continuar?

La respuesta es simple: porque un hobbie nunca es importante.

En teoría siempre hay tiempo para todo si te sabes organizar. Pero cuando hablamos de hobbies, pasatiempos o deportes, conforme vas creciendo aprendes que si no te vas a dedicar a eso entonces no es relevante para tu futuro, por lo tanto son los primeros en ser desplazados.

Para mí es el voleibol, para otros es dibujar, escribir, nadar, cantar.

Creo que nunca es tarde para reorganizar y volver a empezar.

Y tú, ¿para qué no tienes tiempo?

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