Crónicas Viajeras: El pillo Till II

Till se había llevado el poco dinero que me quedaba y las tarjetas de débito que tenía estaban bloqueadas. Era mi último día en Roma y no, no tenía dinero para visitar uno de los símbolos  más importantes de Roma; Ciudad del Vaticano.

Por suerte Carlos, un testarudo y buen amigo colombiano que viajaba conmigo, había sido un poco más prudente que yo y aún le quedaban algunos euros para ese día. La verdad es que como buenos mochileros (y teniendo apenas diecisiete años) no éramos muy buenos con las finanzas y presupuestos durante nuestros viajes pero él había cuidado los últimos cincuenta euros que le sobraban. Cincuenta euros para dos personas en una de las ciudades más caras de Europa, mismos que debían alcanzar para transportarnos, pagar cuotas de museos y alimentos. Teníamos que hacer milagros con veinticinco euros cada quien y recordé que el diminuto croissant y el café que servía el hostal como desayuno gratis, era en verdad una bendición.

Nuestro recorrido por El Vaticano fue un tanto mediocre, los horarios y el presupuesto limitado apenas permitió que recorriéramos la Basílica de San Pedro y el recorrido más barato después de dicha iglesia era recorrer su cúpula por tan solo cuatro euros. Eso significaba dos cheesseburgers menos en nuestra cena pero ¿Cada cuándo va uno al Vaticano? Ese día morimos de hambre por que cada quién comería dos cheesseburguers, pero nos dimos el lujo de comprar un te frío de dos litros.

Nada era tan malo como lo que se venía.

Nuestro plan era salir de Roma con el último tren hacia el aeropuerto entre las nueve y las diez de la noche, pagando un boleto que costaba tan solo seis euros en una máquina dispensadora de boletos en la estación; dormir en el aeropuerto para ahorrar el hospedaje ya que nuestro vuelo de regreso salía a las seis de la mañana.

Cuando viajas a Roma en avión cualquiera esperaría un Aeropuerto gigante y de lujo como el Aeropuerto Internacional de Zúrich o uno tan grande como el Aeropuerto de Madrid-Barajas, pero no. Uno se encuentra un pequeño aeropuerto al cual es sumamente difícil llegar.

Llegamos tarde a la estación de trenes (al rededor de las diez de la noche) y por alguna extraña razón ese día había menos salidas para llegar al aeropuerto. Nuestras mochilas se encontraban en un locker de la estación de trenes y quien atendía el puesto decidió irse por unos minutos.

Nuestro tren salía al rededor de las diez con veinte minutos.

El tipo que atendía llegó tarde al mostrador y ya íbamos atrasados a abordar el tren. Posteriormente debíamos comprar nuestros boletos y para nuestra mala suerte, ese preciso día la máquina dispensadora de boletos no servía, pero lo peor es que nos dimos cuenta después de que ya nos había robado a cada uno seis euros. Quedaban tan solo unos pocos minutos antes de la partida del último tren  y nosotros aun no teníamos boletos.

Quedaba únicamente una ventanilla abierta al público para comprar boletos y varias personas en la fila, pero logramos comprarlos, eso sí, solo quedaban boletos al precio de doce euros cada uno, es decir, al doble de precio que en la máquina. Eso serían nuestros últimos doce euros de cada quien por las próximas diecinueve horas pero no hay que ser tan negativos, nos quedaba casi un litro de te para los dos.

Tomamos el tren un minuto antes de que parta. La cabina donde estábamos sentados parecía salida de una novela de J.K. Rowling por los personajes tan extraños con los que convivíamos.

Llegamos a nuestro destino al rededor de las once de la noche: Fiumicino, un pequeño pueblo que alberga el aeropuerto, pero aun hacía falta llegar a él.

No éramos los únicos viajeros, también bajaron del tren dos mochileras muy simpáticas; una brasileña y una lituana (nunca había conocido a alguien de ahí). Ellas también viajaban y habían pasado por problemas similares a los nuestros para llegar hasta ahí y ahora tampoco sabían como llegar al aeropuerto.

No había mucha gente a quien pedirle indicaciones, la noche seguía avanzando y la desesperación empezaba a llegarnos, y en ese momento una pareja que caminaba en la calle nos vio desesperados y se acercó con la pregunta más adecuada en ese momento: “¿Necesitan ayuda?”.

Resultó ser una pareja peruana muy amable que llevaba muchos años viviendo en Italia, ellos nos confirmaron nuestro mayor miedo: No había trenes, ni taxis, ni tramvías, ni algún otro medio para llegar al Aeropuerto ese día. Y peor aun, para llegar al famoso aeropuerto teníamos que caminar cruzando una calle parecida al Períferico de nuestra blanca Mérida, donde ellos decían que mucha gente había fallecido atropellada por la falta de iluminación de la calle. Los peruanos, por más que nos quisieron ayudar, tampoco tenían forma de llevarnos hasta ahí. Muy tristes nos dijeron que nos cuidáramos y nos acompañaron hasta la salida al “periférico” para que empezáramos a caminar.

Era más de la media noche y nos esperaban unos ocho kilómetros caminando hacia el aeropuerto…

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