El cuerpo como texto

Para Fernanda (a quien le debía esta explicación) y para Dolores (antes -o nunca- “I”).

Esta semana realmente he podido trabajar en la tesis. Más bien, he querido escribir partes de ella. Mucha gente me hace la pregunta: ¿sobre qué se puede hacer una tesis de estudios literarios? Y, aunque mis respuestas varían, generalmente respondo que estudiamos las representaciones de la sociedad y la cultura a través de la puesta en escena, la creación de una otra realidad, la perspectiva que del mundo tiene uno u otro autor, esta o aquella corriente, tal o cual movimiento artístico. Específicamente, mi tesis se trata de las representaciones estéticas del cuerpo y la sexualidad en dos novelas de Alberto Chimal, mexicano nacido en Toluca. Una de las cosas que me interesan es observar cómo los autores pueden escribir sobre el cuerpo, pero más profundamente, cómo el cuerpo ES una forma de escritura.

Hace unos dos años escribí: “Somos el resultado de los textos con los que nos hemos cruzado. Un libro de cuentos, un telegrama, un acta de divorcio, una receta médica. Somos el producto de un acto creativo, somos lienzo donde se imprimen fragmentos del mundo. Todo acto creativo implica conexiones y rupturas. Cuando dibujamos transformamos la hoja en blanco, cuando soñamos existen diversas inclusiones y exclusiones de la memoria y el olvido. Vestirnos implica reconfigurar el cuerpo, caminar implica rechazar unos caminos y elegir otros. Incluso al hablar, seleccionamos y desechamos signos lingüísticos. Un mosaico de vidrios rotos, un collage de retazos. Hay grietas, intersticios, saltos de párrafo, diversas tipografías y silencios, que son también espacios de significado” (2014).

Ha pasado el tiempo y, así como han cambiado muchas -muchísimas- cosas, todavía conservo el interés por la textualidad del cuerpo (y por la del mío, en especial). Actualmente, por ejemplo, llevo en la piel un correo electrónico que no me atrevo a enviar, una novela buenísima que no he querido terminar de leer, la factura por una alta cantidad que no sé cómo pagaré, una fotografía enmarcada que me hace llorar mucho, un tatuaje que no he decidido hacerme, una canción de Miguel Bosé y una de Kevin Johansen que duelen un poquito. Pero también, siempre, llevaré conmigo el guión de The Rocky Horror Picture Show, mi capítulo favorito de Harry Potter y una carta que rompí en pedacitos. 

Estos días he estado leyendo un libro de la filósofa francesa Helene Cixous llamado La risa de Medusa. Ella es una de las pioneras en la reflexión acerca de la relación entre el cuerpo y el texto puesto que, a su parecer, los mecanismos de poder heteronormativo imponen -escriben- sobre la carne de los individuos normas específicas de comportamiento. Con gran influjo del postestructuralismo y la deconstrucción, Cixous indica cómo el logocentrismo binario (basado en los pares de diferencias: razón/emoción, afuera/adentro, público/privado, cultura/naturaleza, bien/mal -entre otros- a partir de los cuales entendemos el mundo) refuerza la jerarquización de los hombres sobre las mujeres: de estos, la “mujer” siempre está relegada al elemento pasivo del par (ser sensible, el espacio privado, la madre naturaleza, entre otras) y cuya obligatoriedad se refuerza en los cuerpos de las niñas (aunque también de los niños, pero este no es su enfoque) con base en la violencia.

Desde esta perspectiva, el cuerpo se vuelve un lienzo sobre el cual se escriben signos, inscripciones y lenguajes culturales. Nos hace ver que, cuando hablamos de “mujer” u “hombre” referimos a una red de lenguajes atrapados en la “tramoya de un escenario ideológico” (42). Llevamos tatuadas en la piel ciertas costumbres, reglas y estereotipos de los que no nos damos cuenta hasta que pasamos por un proceso de re-conocernos o re-escribirnos. O más bien, de escribirnos con nuestro puño y letra. Se va a leer extraño, pero creo que no existen los “hombres” y las “mujeres”, ni el “hombre” y la “mujer”, sino que son lecturas e interpretaciones que, de acuerdo a una selección de diferencias genitales, se han leído y re-leído a lo largo de generaciones para hacer de cuenta que siempre fueron así.

“Texto, mi cuerpo” (56) dice Cixous. Desde la óptica de la filósofa, las mujeres son más “cuerpos” que el hombre y, por lo tanto, más escritura. Después de la infancia, comenta, “mi cuerpo ya no sirve inocentemente a mis deseos. Soy una mujer” (30), con lo cual quiere dar a entender que llegada cierta edad es necesario comenzar a ponerse la coraza discursiva que se ha mantenido para reforzar el carácter de femineidad y subalternidad; sin embargo, se ha hecho claro que todos y todas llevamos en el cuerpo la escritura de las reglas, las libertades, las palabras y las caricias que nos han marcado.

En las dos novelas que estudio para la tesis, Los esclavos (2009) y La torre y el jardín (2012) existen formas específicas de representación de los cuerpos. ¿Qué textos están escondidos en los cuerpos de los personajes? ¿Cómo estos personajes resisten/asisten al poder que se inscribe sobre sus cuerpos? Por ahí va la cosa.

¿Y tú qué llevas escrito en el cuerpo?

Ciudad de México a 5 de agosto de 2016

David Loría Araujo.

 

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