No soy una ardilla (remix) feat. Julio Cortázar.

Me sirvo un poco más de cereal y, tal vez después, un poco del mango que mi abuela acaba de cortar en cubos perfectos mientras yo tomaba mi café y pretendía escribir la tesis. Con la primera taza de café logré un párrafo y medio. Ahora mi madre desmenuza un pollo junto a mí, supongo que para el almuerzo. Observo y me detengo en los pequeños detalles: agradezco que los ventiladores moderen el bochorno de la mañana, me sonrío ante las obsesiones de mi abuela por dejar todo limpio, alguien me saluda por el Facebook y pienso: cómo cambian las situaciones con el tiempo, el Señor Cooper ladra a un objeto misterioso en el jardín. Pienso cosas como: “me gusta estar aquí”, “este es mi lugar seguro”, “todo va a estar bien”.

En pocos días debo regresar a la vida que elegí por un tiempo. Yo no quería escribir esto. Yo realmente deseaba escapar de este texto muy lejos. Dejarlo pendiente en mi cabeza, volver a la capital y hacer que la rutina, las tareas o el tráfico pasaran sobre él y borraran sus huellas. Pero nunca me es posible huir de las palabras. [No te juzgaba cuando decía “¿por qué no expresas tus sentimientos?”, sólo no entendía cómo había personas que no usaban el lenguaje para dar forma a sus emociones. Yo no puedo dejar de hacerlo. Es un mal que me persigue. Ando enfermo de palabras y de recuerdos. “Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte” decía Sabines. Y, aunque no fumo, si te he bebido un poco y te he pensado un mucho. Te extraño. Y si lees esto: te extraño más.]

Hace dos semanas decidí (re)ordenar mi clóset. (Sí, en el que pasé mucho tiempo de mi vida) En él, además de ropa colgada, doblada o en el suelo, tengo muchos papeles archivados. Compré cuatro cajas de cartón y procedí a clasificar cada uno de los documentos. En otra caja puse ropa para regalar o vender. Encontré muchas cosas que hace tiempo no veía: un libro de poemas en donde alguna vez me antologaron, una revista que me regaló Mabel en la secundaria, una plaquette llamada Realidades aparentes, una carpeta con poemas medievales que utilicé en el primer año de la licenciatura, un hermoso trabajo manual que una alumna me entregó y secretamente me quedé, ensayos calificados con un 8 que me hicieron mejorar, una revista donde hay un poema mío (“Agua”) del que no me acordaba (volviéndolo a leer, no entendí nada). No soy poeta, definitivamente. No soy una ardilla que acumula cosas, pero tampoco he aprendido a ser tan desapegado. Me gusta saberme libre, pero tener a dónde regresar: a los recuerdos, a la casa, a los abrazos.

Uno de mis libros favoritos se llama Historia de cronopios y de famas y es de Julio Cortázar. A través de varios cuentos, el autor argentino describe las características de dos tipos de personajes: por un lado están los Famas, personajes estructurados, sentenciosos, elegantes, con aires de burgués y muy, muy quisquillosos; por otro lado, los Cronopios, seres “verdes y húmedos”, libres e idealistas, que se conducen por la vida con desparpajo. Ah, y también están las Esperanzas, más simples y aburridas, que en todas las historias pagan los platos rotos de la indolencia de los Cronopios o la soberbia de los Famas. Resulta pues, que los Cronopios y los Famas tienen formas diferentes de apegarse a sus memorias. Aquí el micro-cuento, “Conservación de los recuerdos”:

Los famas para conservar sus recuerdos proceden a embalsamarlos en la siguiente forma: Luego de fijado el recuerdo con pelos y señales, lo envuelven de pies a cabeza en una sábana negra y lo colocan parado contra la pared de la sala, con un cartelito que dice: «Excursión a Quilmes», o: «Frank Sinatra».
 Los cronopios, en cambio, esos seres desordenados y tibios, dejan los recuerdos sueltos por la casa, entre alegres gritos, y ellos andan por el medio y cuando pasa corriendo uno, lo acarician con suavidad y le dicen: «No vayas a lastimarte», y también: «Cuidado con los escalones.» Es por eso que las casas de los famas son ordenadas y silenciosas, mientras en las de los cronopios hay una gran bulla y puertas que golpean. Los vecinos se quejan siempre de los cronopios, y los famas mueven la cabeza comprensivamente y van a ver si las etiquetas están todas
en su sitio.

Creo que soy un Fama atrapado en un Cronopio. ¿Seré acaso un trans-cronopio? Realmente no creo que sea necesario elegir. Tal vez hay recuerdos embalsamados, que no vale la pena recordar o que son tan importantes que es mejor que no se rompan o lastimen como algunas tazas de la alacena. Otros, por el contrario, a veces se esconden bajo la almohada, se convierten en un olor agradable, se agazapan en algún rincón para sorprenderme cuando menos lo espero. Pero eso sí: todos tienen una etiqueta bien linda, muy probablemente escrita con Sharpie. Ahora procedo a publicar esta cosa extraña que escribí, que es más una declaración de desamor y un comentario literario que un artículo de mis viernes en el Elefante.

Mérida, Yucatán a 22 de julio 2016

David Loría Araujo

 

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2 pensamientos en “No soy una ardilla (remix) feat. Julio Cortázar.

  1. ¡Me encantó! Definitivamente soy un cronopio mis recuerdos vuelan por todas partes y a veces me tocas en los momentos menos indicados pero a veces me abrazan en los momentos más inesperados

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