No dejemos de indignarnos

Desde pequeños, nuestros padres nos indican cuál es la diferencia entre las cosas buenas o malas, entre lo socialmente aceptable e inaceptable, lo justo y lo injusto. Mientras vamos creciendo, y ya que tenemos nociones básicas sobre el discernimiento de nuestras acciones, entonces empezamos a comportarnos con base a lo que es correcto, y desde niños esperamos siempre la misma conducta de los demás. Cuando en una relación dicha conducta no era recíproca, nos indignábamos.

Nos indignábamos hasta por la injusticia más insignificante: un hermano que te molestaba, algún tramposo en un juego o un permiso negado sin razón alguna. Todo eso nos causaba ira o rabia y recurríamos ante alguna autoridad para que se nos haga justicia.

Yo era de esas personas que se indignaban por cualquier cosa, y cuando manifestaba mi molestia algunos mayores me respondían: “Es que la vida no es así” o intentaban calmarme diciendo “Cuando crezcas entenderás que las cosas no son como crees”.

Me causaba un poco de coraje escuchar esas palabras, me indignaba más.

Ahora con el tiempo y viviendo el proceso que me diferencia de las personas a quienes les preguntaba, y al joven que vivía indignado, me he dado cuenta que la experiencia trae consigo el conformarse con esa indignación y se lleva la capacidad de asombro del ser un niño; la capacidad de sorprenderse por las cosas buenas, las increíbles, las extrañas, las malas y lo peor de todo, las injustas.

El hecho de que las cosas sigan iguales y no cambien es lo que provoca que nos vayamos conformando con las injusticias y empecemos a verlas como algo natural en la vida. Al mismo tiempo, empezamos a normalizar las injusticias so pretexto que “así son las cosas”, “así es la vida” y sobre todo “entenderlas porque ya estamos grandes”. Sin embargo ahora me doy cuenta de que no se trata de que empecemos a entenderlas, sino que nos ahogamos en la indiferencia ante las injusticias diarias, tanto que nosotros las normalizamos como algo que existe en la vida, algo que así debe ser. No obstante, considero que la vida no lleva consigo esas injusticias, la vida no es justa en sí, sino la gente crea las injusticias.

Voy creciendo y yo mismo me he dado cuenta de que empiezo a ser parte de las personas que se acostumbran a las cosas malas y les he dado el estándar de “lo normal” en mi vida, pero estoy a tiempo de corregir mis andares.

A pesar de ello resulta inútil indignarse si no lleva consigo el ocuparse en las cosas.

Y si “ser maduro” o “crecer” significa ser indiferente ante aquellas situaciones que crean las personas, entonces prefiero nunca crecer y ser inmaduro toda mi vida; inmaduro y nunca preocupado, sino ocupado.

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