Feliz día del abogado (atrasado)

Nota aclaratoria: el día de ayer fue el día del Abogado en México

Libertad, igualdad, justicia, paz, nación, vida digna, derechos fundamentales, gobierno justo, bien común, orden público…. todas ellas “palabras” cargadas con profunda emotividad. Son palabras que históricamente han iniciado revoluciones, inspirado a los grandes movimientos sociales, forjado a las personas más memorables y que nos han llevado a muchos a decidir estudiar la carrera de derecho.

Cuando era pequeño, he de admitir, en los juegos de mesa yo siempre era el último en ofrecerme para leer y explicar las reglas, me parecían bastante aburridas, las reglas en sí mismas nunca me han parecido ni remotamente entretenidas, sin embargo, cuando las reglas no son de Monopoly o Risk, sino que son las del mismísimo juego en el que todos estamos inmersos como sociedad, y cuando esas reglas chocan con principios fundamentales (algunos ya mencionados) que tienen que ser analizados, sopesados, interpretados, entendidos y argumentados, y cuando de lo que estamos hablando es del andamiaje y sustento de lo que hoy entendemos como sociedad, todo se vuelve mucho más interesante.

Tristemente a muchos abogados poco les interesa la sociedad o los valores y principios que la fundamentan, les parece mucho más entretenido aprender lo necesario para ganar un juicio,  inscribir contratos en registro público o hacer trámites burocráticos, todas ellas labores que en efecto son parte importante en el derecho, pero que separadas de los valores y principios fundamentales terminan siendo nada más que reglas vacías y convierten al “abogado” en simple tramitólogo.

No es un secreto, más que relacionarla con la justicia y el progreso, a nuestra profesión se le relaciona con la corrupción, el engaño y la falta de escrúpulos. En México, el abogado no es visto como el luchador social que pugna por el bienestar común sino con el que lucha para su beneficio personal, aprovechándose del más débil. No culpo a la sociedad mexicana por esa percepción, en su generalidad es bastante cercana a la realidad.

En el discurso de la cena de mi graduación, me acuerdo que uno de los puntos que abordé era que, independientemente a qué rama del derecho nos dedicásemos en un futuro, las personas iban a depositar con confianza sus bienes más importantes en las manos de todos nosotros, la seguridad de sus casas, de sus familias, de sus negocios o  quizás las leyes que los gobernarían. Recuerdo también que en ese momento pensé que para la inmensa responsabilidad que tenemos los abogados en nuestras manos, se nos había exigido muy poco en la carrera (cosa que no creí conveniente mencionar en ese momento), lo que a su vez me llevó a cuestionarme ¿cuántos abogados existen que no están preparados para cumplir con su labor? ¿Cuántos realmente luchan por los valores más altos que su profesión representa?

Para cambiar esta visión (también realidad) del Abogado tenemos que empezar con las instituciones de educación. No es posible que la carrera de derecho sea considerada en nuestro país fácil cuando en otros país es tan exigente y rigurosa como la medicina. No es posible demeritar el estudio del derecho señalando “lo que importa es el trabajo”(aclaro que para aprender Derecho el trabajo es fundamental, sin embargo no se puede demeritar el estudio y mucho menos en la etapa universitaria). No es posible que nos graduemos como abogados sin entender principios constitucionales y de derechos fundamentales, no es aceptable que salgamos de la carrera sin estar enamorados de la libertad, el bien común, la sociedad, la justicia… El que se gradúa de la carrera de derecho no puede pasar a convertirse en un tramitólogo de juicios, de contratos o de requisitos administrativos.

Es necesario que cuando se hable de Derecho se entienda que éste va más allá de leyes, reglas, contratos o jurisprudencia; que comprendamos que estamos hablando de un orden que fundamenta al Estado y que a su vez se fundamenta en valores comunes para toda la humanidad, que se basa en la solidaridad que nos hace decidir unirnos como sociedad,  que nace de la necesidad humana de convivir los unos con los otros y que no hay mejor manera de hacerlo que con un sentimiento de hermandad.

Yo invitaría a mis amigos abogados a que el próximo año, antes de felicitarse los unos a los otros por su día, se pregunten si con su trabajo sirven a la construcción de una mejor sociedad y si entienden al “derecho” como una forma de ganarse la vida o simples reglas y procedimientos, o si lo entiende como un instrumento para modelar una mejor sociedad.

RJL

Nota personal: mientras estudiaba mi carrera no era nada extraño que ingenieros, arquitectos o psicólogos me encararan con la pregunta, ¿a quién le gustaría pasarse la vida aprendiéndose reglas y artículos?, en cierta forma es una pregunta válida, después de todo, que te apasionae el arte que envuelve el diseño en la arquitectura, o el hecho de construir y crear nuevos objetos y diseños mediante la ingeniería, o los misterios que envuelve la mente humana que estudia la psicología no resulta nada raro, pero que encuentres pasión en un grupo de palabras, expuestas de forma compleja, muchas veces poco estética y que además simplemente contienen reglas, no es tan comprensible.

Sin embargo, tenemos que admitir que hay algo incompresiblemente místico y llamativo en los principios jurídicos (con los que inicié este escrito) cuyo significado, contenido, alcances y restricciones no entendemos del todo y quizás nunca lo hagamos, pues se moldean y transforman en la medida que nosotros cambiamos como sociedad. Todo cambia.

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