El clóset como supervivencia económica

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Hace ya varias semanas publiqué el artículo titulado “Yo decepcioné a mis papás”, que ha sido visitado (según las estadísticas del blog) 2,015 veces. No esperaba, por nada del mundo, que tantas personas le abrieran su corazón a ese texto. En él explicaba cómo desde pequeño me identificaba con actividades y preferencias no directamente relacionadas a los intereses o expectativas que la sociedad marcaba para mí como un varón; cómo fue que les comuniqué a mi padres que era homosexual y mencionaba un poco sobre tener el valor para aceptar nuestra autenticidad y compartirla con los y las demás, específicamente con quienes tenemos más cercanos. A continuación, y debido a algunas reflexiones y diálogos que he tenido este último mes en Mérida, quisiera exponer mis primeras letras acerca de cómo el clóset se convierte en una herramienta de supervivencia económica para muchos y muchas jóvenes.

Todos y todas, en mayor o menor escala, tenemos uno o varios clósets. Los hay pequeños, como los armarios bajo la escalera (véase el de Potter), medianos como el que había en casa de mi abuelita (era justo del tamaño de un elevador, ahí me encerraba a jugar con mis primos a la máquina del tiempo) o enormes como el que Jennifer Lopez tiene para sus zapatos. Estamos en un clóset cuando no nos atrevemos a mirar en el espejo a la misma persona de carne y hueso que somos. Cuando ensayamos, de frente al reflejo, las formas de seguir mintiéndonos, esconder un pequeño detalle o no perseguir nuestras metas por miedo al qué dirán. Para efectos de la presente entrada del blog, utilizaré el término “clóset” como el encubrimiento voluntario de las preferencias sexuales o de la asunción de una identidad sexual no enmarcada en las convenciones sociales del contexto del individuo.

El salir del clóset implica dos actividades complementarias pero excluyentes: la declaración y la no negación. Por un lado, se declara uno “fuera del clóset” cuando comunica explícitamente a otro individuo su preferencia, identidad u orientación sexual. Desde algo muy espectacular como publicar una foto en el Facebook hasta eventos muy sencillos como citar a alguien en un café para darle continuidad a un “tengo algo que confesarte”. Y por otro lado, la no-negación consiste en realizar actividades que implícitamente conduzcan a algún o alguna valiente a hacer la pregunta y así dar con una respuesta afirmativa: Sí soy, pero que, en todo caso, no sea necesaria LA pregunta para que se haya comunicado el mensaje. Mi experiencia combinó ambas situaciones: realicé actos declarativos con mi familia y amigos; y actos de no-negación para con mis alumnos, compañeros de trabajo y algunos tíos y primos. (Por ejemplo, yo sé que mis estudiantes lo sabían, pero realmente no había la necesidad de confirmarlo. Tal vez nunca lo dijeron por pena, pero hubiera siempre respondido con la verdad).

Las expresiones “lo sabrán cuando ya no viva con ellos” o “les diré cuando termine de estudiar” o “tal vez lo diga cuando tenga un puesto más alto” son muy comunes entre jóvenes que de una u otra forma prefieren mantener en secreto su sexualidad para con sus padres o con personas relacionadas a su trabajo (o con gente relacionada a algún grupo religioso). (Una frase que me gusta mucho dice: “es privado, pero no secreto”). La mayoría de estos y estas jóvenes pueden ya estar desempeñando labores como profesionistas y recibir remuneraciones quincenales por ellas; no obstante, las más de las veces las colegiaturas privadas, el súper de la semana, los servicios domésticos (electricidad, agua, gas, comunicación, mantenimiento y limpieza), los pagos a plazos (coches, seguros, tecnología) y ciertas eventualidades son cubiertos en su totalidad con el dinero generado por los padres y las madres de familia.

Realizar un acto declarativo, tanto verbal como corporal, que exprese una sexualidad que no siga los lineamientos de comportamiento deseados por la familia o la institución laboral –y en algunos casos se hace necesaria la reafirmación para interpretar dicho acto, como cuando tu mamá te descubre bailando “Single ladies” y aun así se niega a tomar ello como declaración- puede significar, en muchas ocasiones, la pérdida de ciertos privilegios económicos, el despido o el rechazo.

El propósito de la presente comunicación no es juzgar o condenar a quienes se sientan identificados con la elección voluntaria del clóset para asegurar las comodidades que sus padres o instituciones de trabajo les faciliten, pero sí tiene por objetivo exponer este tipo de prácticas discursivas, de ocultamiento y de silencio (que no es lo mismo ocultar al elefante, que tenerlo en frente y no hablar de él) en muchos y muchas jóvenes, sobre todo en algunas sociedades, de algunas ciudades más derechistas, religiosas, tradicionales.

Nadie puede –ni debe– conducir a otro individuo, y mucho menos a la fuerza, fuera del clóset. Estar en el clóset es un derecho. El respeto a las razones para permanecer en el clóset es igualmente valioso que el respeto a las razones para salir de él o para vivir plena y libremente su sexualidad; sin embargo, considero que pudiéramos coexistir en sociedades más humanas, más libres y comprensivas si existieran esos pequeños esfuerzos por valorar, defender y comunicar la autenticidad. No: el mundo no está deseoso de conocer quién nos atrae, con quién nos acostamos, ni qué nos gusta hacer con quienes nos mueven el esqueleto o las hormonas (ahora, si lo queremos decir nadie nos lo impide). Pero cuando abordamos nuestra sexualidad con la verdad y con transparencia, podemos aportar un granito de arena a grupos de amigos más incluyentes, familias con quienes no haya que fingir relaciones pantallas, sociedades que defiendan los atropellos a ciertos sectores marginados y noviazgos ocultos que permanezcan por años en el anonimato (las relaciones son privadas, personales. No tenemos una relación para exponerla a los demás, PERO tener que ocultarse, fingir, inventar historias laberínticas, evitar compartir una foto por miedo son conductas que CANSAN después de un tiempo). En fin, dejo estas palabras para dialogar con quien las lea y esté o no esté de acuerdo con ellas. Vale la pena preguntarse, preguntarnos: ¿cuál es nuestro propio clóset? y ser conscientes de las razones que nos llevan o no a permanecer dentro de él.

Mérida, Yucatán. 8 de Julio 2016

David Loría Araujo

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