Clasismo y élites en Mérida. Una pizca de Antropología Urbana.

[Va el artículo para Alex Degetau quien, además de ser excelente guía de turistas, pudo haber escrito este textito muchísimo mejor que yo].

En 2010 cursé, en mi último año de la preparatoria, la asignatura obligatoria de “Antropología”, tal como dictaba el anterior programa de los bachilleratos afiliados a la UADY. Si no me equivoco, la Universidad ha modificado ese plan y se seguirá dictando en los últimos semestres ahora como “Antropología Cultural”. [No está de más decir que tengo serios conflictos con la modificación, porque redujeron las materias de Análisis Literario y Filosofía a un sólo semestre cada una, cuando antes ocupaban tres y dos respectivamente]. La materia la llevé con Elena Bolio, muy apasionada por sus temas de investigación como Antropóloga Social recién egresada. A pesar de las dificultades para entender su caligrafía en el pizarrón, Elena fue de las maestras que me cautivó en el interés por las ciencias sociales, artes y humanidades (Nelly Rincón encabezará esa lista por siempre). En una de las clases de Elena realizamos, junto con una profesora invitada (la Dra. Eugenia Iturriaga), una actividad sobre cómo discriminamos y clasificamos a las personas únicamente por su aspecto físico.

Quién diría que, pasados cuatro años, yo estaría al frente de tres grupos de sexto semestre luchando por que los alumnos y las alumnas se contagiaran del sabor de una disciplina tan compleja. El estudio del ser humano: su evolución física, las evidencias materiales de su pasado, el desarrollo de su lenguaje y de sus diferentes paradigmas y prácticas culturales. Con ellos y ellas aprendí yo también que los lémures -nuestros parientes- corren de forma graciosa (aquí un video: https://www.youtube.com/watch?v=ZHqaT9oto2c), que los disquettes de 3 1/2 Verbatim son una reliquia arqueológica y que en algunos países de oriente existe el llamado “matrimonio fantasma”. Recuerdo que lo que más se llevaban de la clase era la frase: hacer exótico lo familiar y familiar lo exótico. Es decir, que la antropología permite observar nuestras prácticas sociales de forma objetiva (como si las viéramos desde lejos o a partir de una toma aérea) para cuestionarlas; y también nos acerca a lo otro, lo “alterno”, lo “extraño” de otras comunidades o grupos humanos, para valorar y difuminar nuestras diferencias.

La materia permitía una libertad de cátedra muy amplia. Había que cumplir con ciertas unidades, pero debo confesar que los contenidos obligatorios se agotaban en pocas sesiones de clase. Es por ello que me di a la tarea de enseñar sobre diversidad sexual, tolerancia religiosa, diferentes tipos de familias, racismo y discriminación (a partir de los cuales comprendimos que las “razas” humanas son un invento que reitera el poder de unos humanos sobre otros. Hay diferencias fenotípicas, pero no tenemos razas como sí los perros o los gatos), leímos algo de teoría queer y mucho de clasismo en las ciudades. Y después de una larga introducción, es de esto último de lo que me interesa platicar en esta entrada. Dentro de los estudios antropológicos hay una subdisciplina llamada Antropolgía Urbana que, en palabras de Begonia García Pastor permite “estudiar cómo se viven cotidianamente las situaciones actuales de contacto intercultural en los diferentes espacios sociales de la ciudad, generando importantes cambios de todo tipo en la vida de los individuos y de los diferentes grupos que conforman” (fuente: http://www.ugr.es/~pwlac/G24_50Begona_Garcia_Pastor.html). La Antropología urbana surge en un contexto posterior a la SGM y permite al antropólogo observar cómo se configuran muchas relaciones sociales en los lugares de la ciudad.

Una actividad que inventé, y que recuerdo con mucho cariño, fue la visita por equipos a un barrio del centro histórico de la ciudad, con el fin de ampliar el imaginario urbano de los y las jóvenes. El encargo era así “Lleguen en camión, exploren, entren a heladerías, tómense una chela si hace mucho calor, visiten algún museo o galería, encuentren las loncherías, tomen fotos a las iglesias, ubiquen algún teatro independiente, pregunten la historia de sus parques, arcos y leyendas urbanas” (A este respecto recomiendo el libro Una historia a pie: Mérida y sus rumbos, del escritor Emiliano Canto Mayén, que compila anécdotas y fotografías hermosas de estos diferentes espacios céntricos). A pesar de la flojera con que recibían la instrucción de clase, todos y cada uno de los alumnos regresaba con una sonrisota para contar sus aventuras en un espacio que ya poco visitan, porque su cartografía urbana pertenecía únicamente a la zona norte de la ciudad.

A partir de ese eje temático, leí con los alumnos y las alumnas el exquisito texto “Antropología en los antros: racismo y discriminación juvenil en Mérida” de la antes mencionada Doctora Iturriaga, que se incluye en el libro Niños y jóvenes en Yucatán. Miradas antropológicas a problemas múltiples, editado por Luis Várguez Pasos (UADY, 2011). En el texto, la autora recapitula las experiencias de trabajo de campo en tres espacios de diversión nocturna de la ciudad de Mérida, donde realizó observación participante y entrevistas  a jóvenes -mujeres y hombres- y al personal de cada uno de los establecimientos. El estudio en los antros, renombrados “El Limbo”, “Vodka” y “Sfeera” (dos de ellos hoy han desaparecido, otro se ha reubicado…pero podemos imaginarnos cuáles eran) le permitió comprobar la hipótesis de que “las discotecas no sólo son espacios de discriminación y segregación evidente, sino que además en ellas están permitidas y bien vistas este tipo de prácticas” (Iturriaga 215). Yo recuerdo perfectamente el estrés de vestirme (la producción antes de escena) para ir a uno de los antros (a los que si llegué a asistir 6 veces fueron demasiadas) o de esperar a que el hombre de la puerta te dejara pasar, e incluso dividirse el engorroso pago de cuentas altísimas por estar realmente achocado. Y ahora que los antros de Mérida se mudan, como todos los años, a la costa yucateca, me parece relevante esta reflexión.

Con base en la transcripción de entrevistas, la autora expone cómo, para asegurar su estatus y su rentabilidad como espacios nocturnos, las discotecas sostienen su permanencia en el clasismo, el racismo (está claro que la segregación no es sólo por cuestiones económicas, suno tiene que ver con rasgos físicos y cánones de belleza para incluso aparecer en revistas del jetset) y la discriminación. Es normal que cada negocio tenga sus políticas, pero lo espeluznante de esta situación es que para “pertenecer”, hay que “aparentar”, participar del performance en donde es preciso cumplir con un código de vestimenta y posesiones (que conduce a prácticas hiperconsumistas), cumplir políticas heteronormadas (apenas el año pasado se exigió a dos hombres en Shotimilco dejar de darse un beso en público, las mujeres siempre pagan menos, es más difícil que un hombre entre solo), formar parte de una cerrada red de relaciones sociales, y respetar que existen días de la semana para diferentes clases sociales. En fin, los antros (y sobre todo en la ciudad de Mérida) son partícipes de una matriz excluyente que genera personas importantes y personas no importantes.

La lectura de el artículo creo que impactó -aunque fuera un poco- en la conciencia que los alumnos y las alumnas tenían de sus prácticas para divertirse y cómo ellos y ellas se veían inmersos en estos círculos. Mucho más del trabajo de Eugenia Iturriaga puede encontrarse en su tesis doctoral de la UNAM disponible en: http://132.248.9.195/ptb2011/abril/0668094/0668094_A1.pdf y en el ensayo “La ciudad blanca de noche: las discotecas como espacios de segregación” descargable de: http://www.redalyc.org/pdf/747/74743764009.pdf . Otro artículo que recomiendo mucho al respecto, y que de hecho presenta la otra cara de la moneda es “¿Está viva la noche en Mérida? Una aproximación antropológica al “imaginario” del
ocio nocturno en la ciudad” que mi compadre Pedro Pablo Álvarez escribe junto a Laura Carrillo y Laura Martín. (es un pequeño texto de divulgación que se encuentra en https://www.academia.edu/14138131/_Esta_viva_la_noche_en_Me_rida_Una_aproximacio_n_antropolo_gica_al_imaginario_del_ocio_nocturno_en_la_ciudad). En él se realiza una aproximación a la lectura que los usuarios le dan al bar La Fundación Mezcalería e indican que “frente a otros establecimientos de giro similar, destaca por su política de admisión, sin más restricciones que la mayoría de edad y su cupo límite, su estética ecléctica e informal, su trabajo de promoción del arte local y el mezcal como bien cultural nacional y lo variado de su oferta musical” (Álvarez 8). Entre otras de las anotaciones del texto está que “‘el norte’ aparece asociado a un proyecto de exclusividad y a
un efecto de repetición y monotonía entre sus usuarios, mientras que “el centro”
representa una diversidad de ofertas y usuarios que hace más difícil el uso de etiquetas”. La existencia de estos otros sitios dentro de la oferta de vida nocturna, que reúnen a una vasta diversidad de usuarios y no conservan políticas excluyente, puede considerarse como una opción más viable, encaminada a una experiencia social más horizontal y menos jerarquizada de nuestra ciudad. Sin embargo, el espacio céntrico no es del todo incluyente cuando de la nueva ola del barrio de Santa Lucía o del Mercado 60 se trata, donde los precios no son tan accesibles para todo tipo de público.

La idea de el presente texto no es llegar a una conclusión al respecto de estos espacios, sino continuar reflexionando (y por qué no, asistiendo) sobre(a) estos lugares tanto para divertirnos como para vivir las diferentes experiencias de ciudad y desarrollar un ojo crítico al respecto de las diferencias sociales que marcan los espacios urbanos. ¿Y ustedes, qué opinan?

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4 pensamientos en “Clasismo y élites en Mérida. Una pizca de Antropología Urbana.

  1. Hola David, debo decir que me pareció un excelente texto y una invitación tentadora a consultar los textos mencionados. Me parece loable tu iniciativa de mostrar a las nuevas generaciones estos temas que necesitan especial atención. Espero leer más textos de este tipo y te deseo todo lo mejor. Saludos.

    Miguel Núñez May

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  2. Felicidades ,sensibilizar a las nuevas generaciones es apasionante, necesito tu ayuda, estoy diseñado una propuesta educativa para Yucatán , podemos ponernos en contacto y te cuento.

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