Regina Carrillo – Raboverdes, privilegios y feminismos

Durante mis años de universidad -y un poco más, trabajaba en un hermoso restaurante cantando acompañada de mi guitarra dos veces por semana. Gracias a ese foro, puedo decir que afiné bastante mis habilidades musicales, hice amigos de diferentes lugares y reafirmé las razones por las cuales cantaba lo que cantaba. Sin embargo, esa experiencia también tuvo uno que otro sin sabor, que es con lo que me gustaría abrir esta reflexión.

Por seguridad, siempre mantuve líneas muy claras entre los comensales y yo: nunca acepté las bebidas que me enviaban mientras estaba sobre el escenario, jamás accedí a las invitaciones de sentarme a la mesa de los clientes que insistían en que tomara la copa (que me enviaron y que no me tomé mientras cantaba) con ellos. Generalmente un “No, gracias” era más que suficiente. Excepto en una ocasión.

Era como el segundo o tercer miércoles consecutivo, que un señor que pasaba los 50 años iba a cenar al restaurante. Siempre iba acompañado de una muchacha diferente y visiblemente mucho más joven que él. Ese miércoles había ido a cenar solo, lo cual me llamó la atención (Confieso que mientras estás sobre el escenario cantando por tres horas, tienes tiempo para observar y analizar muchas cosas). Al terminar mi primer turno, me dirigí a la barra a pedir un poco de agua y descansar un poco. Uno de los meseros se acercó:

-“El señor de la mesa X quiere que vayas a su mesa y pregunta qué te quieres tomar.”

Efectivamente, como suponen, el señor de la mesa X era el cincuentón, de camisa verde limón, pantalones de adolescente y corte de pelo de galán de 1976. Le dije al mesero lo que siempre respondía en esas situaciones:

-“Coméntale que estoy ocupada y que no bebo más que agua cuando estoy trabajando.”

La verdad es que los meseros, mis compañeros de trabajo –en su mayoría varones, siempre fueron atentos y colaboradores con mi manera de manejar estas situaciones.

Una semana después, el señor volvió a presentarse a la misma hora e intentó sin éxito la misma estrategia en mi primer descanso, así que fui a refugiarme (¡¿Cómo por qué tendría qué hacerlo?!) a un caluroso espacio cerca de la cocina. Para mi segundo descanso, el tipo cambió de estrategia: Mientras tomaba un poco de agua en la barra, se acercó y ofreció invitarme un trago. Lo rechacé de idéntica forma a la invitación anterior, sintiendo dejos de culpabilidad por poder parecer “grosera” (¡¿Cómo por qué demonios la grosera era yo?!).

El hombre empezó a hacerme preguntas y comentarios que iban desde el típico “¿Y hace cuánto que tocas guitarra?”, “Tocas muy bien para ser mujer” (¿Eso es un cumplido?) y “¿Por qué no vienes a sentarte a mi mesa?”. Con cada palabra que salía de su boca, yo sentía cómo se acercaba más y buscaba cualquier excusa para tocarme el hombro paternalmente. Yo me iba sintiendo más y más incómoda, evitaba el contacto visual y quedar totalmente de frente a él para que mi postura no demostrara ser accesible (Ya saben, sutilezas “para no ser grosera”). Los minutos se hacían eternos. El hombre empezó a contarme chistes de muy mal gusto y fue ahí cuando decidí que mi descanso había terminado y era hora de subir de nuevo al escenario. Él se fue.

El siguiente miércoles fui acompañada por mi esposo, en ese entonces novio, a quien obviamente ya le había relatado con lujo de detalle cada encuentro con el raboverde. Como era de esperarse, el tipo estaba ahí, en la mesa 6, pero esta vez no se acercó, probablemente porque yo “ya tenía dueño y él no quería invadir el territorio de otro”. Después de un rato y para su sorpresa, fue mi novio el que se acercó a cuestionar su comportamiento de las últimas semanas, a lo que el tipo, visiblemente nervioso, se disculpaba (¿Y yo qué?) diciendo que no sabía que yo tenía novio (dueño, supongo) y que solamente quería deleitarse con mi manera de tocar la guitarra.

Después de esa noche no lo volví a ver merodeando el restaurante.

¿Por qué el raboverde fue tan insistente a pesar de mis constantes negativas?, ¿Por qué le pidió disculpas a mi novio si a él no le faltó al respeto?, ¿Por qué tuvo que ser otro hombre quien le pusiera un alto?, ¿Por qué mi primer “No” no fue suficiente?, ¿Por qué me invadía el temor de ser grosera o ruda con alguien que claramente estaba siendo grosero y rudo conmigo?, ¿Por qué no pude decirle claramente “¡Déjeme en paz!”?, ¿Qué reacción hubiese tenido el raboverde si yo le hubiera levantado la voz con enojo?

Algunas personas cercanas me han dicho que es uno de los riesgos de que una mujer se dedique a “eso de la artisteada por las noches”, incluso era uno de los temores de mis padres cuando empecé a cantar, pues esta labor podría prestarse a malas interpretaciones por parte de muchos hombres ¿Son acaso la noche y el arte campos de dominio exclusivamente masculino?, ¿Debo soportar estoicamente las consecuencias de que los hombres interpreten mi exposición sobre un escenario como una invitación constante a relacionarme más allá de lo cordial con ellos?

Creo que las preguntas formuladas líneas arriba convergen en algunos puntos: La idea generalizada de la mujer como objeto, propiedad y la idea de que salir de mi casa (a la calle, a un escenario, de noche, etc.) no es propio de una mujer “decente” (lo que sea que esto signifique).

Y todavía hay gente que afirma que el feminismo es algo que ya no se necesita. Soy consciente de que como mujer he tenido que enfrentar algunas desventajas, sin embargo, también sé que mi historia de vida me ha brindado muchas identidades privilegiadas: Estudié en escuelas privadas, vivo en la ciudad, no soy indígena, estoy casada heterosexualmente bajo la ley de Dios y del estado… ¿Serán entonces exageradas nuestras luchas? En otras palabras ¿Entonces de qué me quejo? Creo que eso es uno de los primeros pasos en el camino, reconocer y cuestionar estos privilegios. Ahora, la experiencia que relato no es poca cosa, sino que se trata de la punta del iceberg de un sistema que insiste en que existan grupos subordinados, gente arriba y gente abajo. No puedo entonces, sentirme ajena a lo que sucede niveles más profundos de dicho iceberg.

Cuando me dicen que la violencia de género no es un problema real, pienso en el Raboverde, pero también viene a mi mente el recuerdo de MAR*, una paciente con la que trabajé en terapia, quien desde los 8 años era sistemáticamente violada y obligada a prostituirse por su padrastro, incluso después de haber quedado embarazada a los 11; o en otra paciente quien tiene que soportar violencia emocional y hasta sexual con tal de que su ex pareja le de unos cuántos pesos para la manutención de sus hijos.

Cuando gente como Callodehacha dice que el feminismo está completa y absolutamente errado (cuando su único contacto con el movimiento es lo que ve en redes sociales), pienso en los feminismos (así, en plural) que he presenciado en comunidades como Chablekal, Mayapán, Cuzamá, Ixil, en La 72, en mi propia ciudad, en mi propia familia.

Por lo que nos falta por recorrer y por lo que se ha logrado, me hago parte de este movimiento desde todos los aspectos de mi vida: como compañera de alguien, psicóloga, terapeuta, docente, cantora y mamá. Con mis sueños y mis contradicciones, con autocrítica constante para no idealizar, perdiéndole el miedo a la palabra “Radical”, que no significa más que “Raíz”.

Sigamos conversando.

 

*Iniciales que utilizamos por confidencialidad quienes colaboramos en el caso.

 

Regina Carrillo R. Valenzuela

Anuncios

2 pensamientos en “Regina Carrillo – Raboverdes, privilegios y feminismos

  1. A lo largo de mi vida, recuerdo plenamente dos situaciones de acoso, me refiero a las que recuerdo bien, a las que fueron lo suficientemente desagradables para sentir por días o meses una necesidad de bañarme cuando pensaba estas cosas.
    La última me paso hace dos años,(era mi día de cumple, lucky me), con un policía, cumplía 26 años, no era una bebé , estudie derecho, y aun así no súper que hacer, al final logre reaccionar y salvarme, pero no pude evitar pensar en mujeres mas jóvenes, que no saben de sus derechos o hasta yo misma si no hubiera reaccionado ¿que hubiera pasado?
    Entonces como el feminismo puede estar pasado de moda y ser una exageración ¿estoy mal por creer que como mujer me merezco no tenerlo miedo a los policía ni a las calles sin luces? Y esto es solo aquí desde la parte mas privilegiada, por eso no entiendo a la gente que piensan que el feminismo es estúpido porque ellos no han sufrido nunca estragos por el machismo (que además es una mentira), pero aun siendo así tienes una obligación moral de alzar la voz por quien esta actualmente en una situación tan horrible que no puede defenderse por si solo.

    Me gusta

    • Hola Rosy, muchas gracias por leer y sobre todo por compartir tu experiencia.
      En efecto, el acoso es tan generalizado que lo pasamos, incluso las mujeres como algo normal. Cuando yo viví lo que relato en el texto, tenía tal vez 24 años, probablemente ya había terminado la universidad, se suponía que ya sabría qué hacer…y no, en retrospectiva, creo que manejé esa situación con poca asertividad (no diciendo lo que quería decir), porque las ideas machistas en mi cabeza fueron más fuertes y me advertían que estaba siendo “grosera”. Y como bien dices: sigo hablando desde el privilegio y por supuesto que eso me hizo pensar en aquellas personas con más desventajas que yo y que igual tienen que pasar por esto…con menos herramientas y posibilidades.

      Saludos!!
      Regina C.

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s