Voces. [un cuento]

[Nota aclaratoria: desde hace algunos días la idea de este cuento ronda mi cabeza; sin embargo, el día de hoy hicimos una excursión familiar al ex Convento de San Bernardino de Siena en Valladolid, Yucatán, y debo decir que encontré las imágenes precisas que me hacían falta para completar el rompecabezas].

Ahora que pertenece a aquél coro amargo, lleva consigo el recuerdo de la primera vez que la vocecilla salió de su boca.

Había hecho la maleta con desdén, no quería alejarse de la capilla que le vio tomar los hábitos y aun no comprendía la razón de su traslado. Ahora el tren atravesaba entre poblados cada vez más pequeños. Se apartaba de la capital con el peligro de no recibir, hasta tan lejos, las cartas de Javier. Dentro de la valija llevaba, pequeño y astillado, el espejo que su madre le había regalado. Se iba lejos el más joven de sus hijos.

Tras largas horas a través de las rieles, la locomotora se detuvo en un poblado intermedio. Vendían aguas frescas y algunos postres. Bajo el sopor del sol compró una cocada y un manjar blanco a un hombre de acento caribeño: “¿A San Rodolfo dice usted? Allá ni en la sombra hay refugio para el calor. Además, dicen que espantan” sentenció el vendedor. Leonel abordó de nuevo el vagón, resignado a pasar al menos unos meses en el aislado seminario para después pedir un cambio justificado. Desde su ventana comprobó que su destino andaba cerca de la costa: las palmeras iban sustituyendo a los árboles de flamboyán que floreaban al margen del camino.

La abadía de San Rodolfo había sido fundada por un grupo de monjas adoratrices y abandonada después del misterioso asesinato de su madre superiora. Se habían instalado en el antiguo casco de una hacienda, derruido años atrás por un levantamiento indígena. El tren llegó a su última parada. De aquél pueblo pidió una pequeña galera y, más adelante, tomó prestada una bicicleta. Llegó tarde a la misa del día. Otros monjes ya le esperaban dentro de la capilla, rodeada por el hedor agridulce de muchos árboles de guayaba. Les saludó en el nombre del Señor. Al menos no se sentiría solo. Algunas miradas fueron amigables, otras simplemente silenciosas. ¿Qué tipo de trabajo evangelizador se podía esperar de nueve monjes que se escondían la mayor parte del día en un casco en medio de la selva baja?, se preguntó. La misa comenzó, efectivamente el bochorno era peor bajo la sombra.

Tardó mucho en adaptarse a las ociosas costumbres de sus compañeros y a la insulsa mirada del abad Cipriano. Algunos se dedicaban a las labores de cocina o limpieza, otros se pasaban los días amodorrados sobre las páginas bíblicas e incluso abanicándose con sus nuevos testamentos. Nadie era tan amable ni tan antipático con él. Pasaban la mayor parte del tiempo en silencio. A veces, en sus ratos de oración, solía subir a la azotea del convento. Desde allí podía sentir la brisa que llegaba de la costa y olvidarse, por un rato, de aquél limbo al que se había entregado. “Hágase en mí según tu voluntad”, se repetía, mientras pensaba en su madre, en su hermana, en Javier.

Fue durante el almuerzo, la primera vez que le encomendaron bendecir la mesa. Se puso de pie, se aclaró la garganta y obtuvo la atención de sus compañeros. Estaba nervioso. “Envía Señor tu espíritu sobre estos alimentos…”. Entonces paró en seco y dijo algo en una voz desconocida, aguda, afilada. Fue una obscenidad, una vergüenza. La vocecilla continuó. La mayor parte de los monjes lo miraba atónito, el abad escupió un poco de sopa, incluso creyó haber visto una mirada atrevida. La voz no provenía de fuera. Se llevó las manos a la boca. El sonido llegaba desde sus entrañas, como un zumbido que ascendía por el esófago y, tras una o dos arcadas, emitía las palabras más indómitas, las más lascivas, las más carnales. El sonido parecía el de una alimaña sufriendo, un coro de gusanos, un concierto de cerdos en el matadero, un chillido que terminaba en una frase, una palabra, un gemido. El estruendo de una carcajada taladró el silencio. Todos, incluso Leonel, rieron. Se persignó y los demás le siguieron.

La segunda vez que habló aquella voz fue una noche, mientras dormía. Se incorporó de un sueño cardíaco, con la respiración acelerada. Supo entonces que debía pedir ayuda. En su confesión semanal, Leonel pidió consejo al abad Cipriano. Él no se negó, la situación pareció preocuparle y atenuar un poco su imparcialidad. Primero intentaron con procedimientos de exorcismo. Incluso escribieron una carta al obispo sin obtener respuesta. Intentaron de todo. Con todos los procedimientos, las lecturas y los materiales, sin que la vocecilla -de duende, de infante, la que vivía dentro de Leonel- respondiera. En una de las sesiones, en las que todos apoyaban, un monje gordo se liberó de un espíritu maligno que atormentaba sus oraciones. Pero la voz siguió diciendo cosas por el joven. Habían pasado algunas semanas cuando el superior decidió consultar a un médico. Éste, quien decía ya especializarse en el cerebro, sólo pudo recetar unas pastillas y mucho descanso. Solicitó a los otros monjes dormir con los oídos tapados. Aun así, la voz era tan aguda que atravesaba cualquier relleno de almohada o tapón.

Las palabras de la voz comenzaron a ser más frecuentes. Si no se trataba de una tara mental o la posesión de algún espíritu, ¿qué otra cosa podía estar habitando dentro de él? Empezó a tener sueños cada vez más peligrosos. Despertaba mojado en sudor, sintiéndose culpable por las imágenes con las que había fantaseado. Comenzó también a sentirse vigilado o perseguido entre los muros del convento. Sabía que los demás conocían cada una de las frases pronunciadas en las noches. A veces, mientras atravesaba un pasillo oscuro, escuchaba los pasos de alguien que venía detrás. Esperaba el momento preciso para voltearse y aproximar la vela de su mano hacia su sombra, pero la configuración de los muros y sus esquinas no le permitía encontrarse con su astuto persecutor.

Hubo un episodio, el último de los alarmantes, que ocurrió mientras paseaba por los jardines. Al fondo del patio se abría un boquete en la tierra que bajaba, a través de una escalinata de piedra, hasta una fuente de agua subterránea. Estaba maravillado por los reflejos del sol en el amplio pozo natural, cuando gruesas perlas de sudor recorrieron su frente. Se sintió helado, le fallaron las piernas, se le apagó la vista y, antes de desvanecerse, la voz aguda gritó con todas sus fuerzas una nueva obscenidad. Más fuerte y asquerosa que la anterior.

Despertó en su celda. Frente a él estaban sus siete compañeros y el abad Cipriano. Velaban su sueño. “Ha despertado”, dijo uno. “Será mejor que permanezca un rato más en cama” pronunció otro. De pronto sintió un desfile de punzadas en su vientre. Quiso oponer resistencia pero tuvo que abrir la boca y ahí, recostado sobre la almohada, arrojó palabras venenosas y prohibidas. El terror le invadió los tímpanos: no podía creer que eso hubiera emergido de su boca. La vergüenza le produjo ganas de vomitar, pero se encontró con ocho pares de ojos que le miraban tiernamente. De nuevo sobrevino un dolor y gritó un atrevimiento. El sonido más vulgar, la frase más mugrienta. Las otras bocas que estaban en la recámara se abrieron frente a él y, al unísono, respondieron con la misma voz chillona, en diferentes tonos pero con el mismo coro de alimañas ponzoñosas. Ahogó un grito. Uno de ellos apagó el quinqué; Otro, le quitó el primer botón de la sotana.

 

 

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