¿Por qué te enojas?

Recuerdo una fiesta que organicé tan solo un par de días antes de mi cumpleaños. Quería que fuera una buena fiesta y además asistirían bastantes personas. No era el único cumpleañero y entre los festejados tratamos de dividir las responsabilidades de la fiesta y la mamá de uno de ellos comentó que podía encargarse de la comida.

Yo me encargaría del sonido y de los barriles pero siendo primerizo en la organización de fiestas grandes y habiéndose concebido la idea de la fiesta tan solo un día antes, me encontraba estresado y corriendo para poder cumplir con mi parte de la fiesta. Quería que todo saliera muy bien, quería que fuera la fiesta del año.

Ya saben, cuando las cosas se hacen de último momento no siempre  salen como queremos y ese día no fue la excepción; por cuestiones que aún desconozco la mamá que se había hecho cargo de la comida de la fiesta simplemente no lo hizo.

Era el día de la fiesta, me encontraba manejando y checando los últimos detalles de esa noche, eran las dos de la tarde con los normalmente treinta y siete grados centígrados y el bochorno que caracterizan las tardes de septiembre en mi blanca ciudad, había más tráfico de lo normal y estaba atrasado, manejando y furioso porque la fiesta se quedaría sin comida, ya no sería la fiesta perfecta, hice llamadas y pedí favores pero parecía que nos quedaríamos sin taquitos esa noche y con lo mucho que me gusta la comida ¡imagínense!

Mientras mi mundo se caía, el semáforo en rojo empeoraba mi humor y me atrasaba aún más pero fue la oportunidad para que un pequeño de aproximadamente once años se dispusiera a visitar auto por auto para ofrecer unas bolsas con limones que vendía. Pareciera que los conductores nos pusimos de acuerdo para responderle lo mismo, para ignorarlo o decirle que en ese momento no queríamos sus limones, pero el niño insistía bajo el sol en vender su cosecha.

Llegó mi turno, le dije que no y siguió su paso hacia el auto que se encontraba delante mío. No escuchaba lo que decían pero me imaginé el diálogo; una vez más no había logrado vender pero en esta ocasión el conductor bajó su ventana y le dio al niño un billete de veinte pesos. Con una seña le dijo que se quede con sus limones. El niño volteó a ver al conductor y con cara de agradecimiento le dio un beso al billete, se persignó y miró al cielo.

Una vez más mi mundo se vino abajo pero esta vez por otra razón.

En ese momento pensé: ¿Qué carajo haces Javo? Hay cosas tan irrelevantes que no valen la pena tu molestia y las cosas por las que hay que molestarse ameritan más que te ocupes en vez de que te preocupes. Hay personas con más [y peores] problemas que los míos pero no se vienen abajo y mantienen el ánimo y el esfuerzo. Y ese día un conductor desconocido y un niño que vendía limones me enseñaron a preguntarme cada vez que estoy ante una difícil situación ¿es este en verdad un problema que amerita mi enojo? No digo que molestarse sea siempre malo, en ocasiones hacerlo puede ser emocionalmente inteligente pero ahora antes de hacerlo viene a mi mente ¿vale la pena desanimarme por esta situación?

Después de ese día, en la mayoría de veces la respuesta ha sido un rotundo no.

 

 

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3 pensamientos en “¿Por qué te enojas?

  1. Creo que todos tenemos derecho –en el sentido de que no debemos torturarnos si nos hacemos conscientes de la nimiedad de nuestros problemas– a sentirnos “mal”, estresados, preocupados, y [ponga aquí cualquier sentimiento que correlacione con algo negativo] por cualquier cosa, de la misma manera en la que es una bendición la capacidad de sentirse bien por algo simple. Tomando en cuenta que es imposible tener el absoluto control de nuestras circunstancias (y eso incluye nuestras ventajas; absurdo es sentirse mal por tenerlas), la –obvia– comparativa de que hay gente a la que le está yendo peor (por cierto, ¿quién mide esto? ¿no es limitada la creencia de que ese niño no es más feliz que cualquiera sólo porque no es parte de tu paradigma de lo deseable?) es una manera frívola de obligarnos a sentirnos bien con nosotros mismos, aunque lo maquillemos de agradecimiento.

    Si todo estuviera en función a la fortuna de terceros, ¿podemos merecer algo?, ¿en función de justicia a qué?, ¿podemos pedirle algo no desinteresado a Dios (para los teístas)?, ¿no sería desafortunado en sí, no darnos la libertad para sentir todo el espectro de nuestras emociones sin catalogarlas como algo positivo o negativo? ¿sería posible sentir toda la intensidad de nuestra alegría sin haber sentido aunque sea el mínimo indicio de lo que sea su opuesto?

    No es cómo nos sintamos cuando no podemos estar conscientes de ello lo que nos da inteligencia emocional, sino la capacidad de regresar a estar –no felices– sino templados a favor de nuestra propia .

    _________________________

    Empezando a seguir su proyecto, leeré lo que hay en entradas anteriores y procuraré no perderme las que vienen. Gracias por tomarte el tiempo para escribir algo positivo, Javo. Comento porque encuentro amable –en el sentido más literal de la palabra– tu punto, aunque no lo comparto del todo; y por eso creo que este comentario puede ser más de tu agrado que un simple “¡Bravo!” a secas, que de todas maneras te doy: bravo, amigo.

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    • Merecemos dignidad, y juzgando en base a ésta aquel niño se merecía una niñez más digna. No hay que perder el tiempo, que podemos invertir en procurar esta dignidad para sí y para los demás, en cosas superfluas. Pero en ocasiones la vida nos lo recuerda de esta forma.
      Gracias por el comentario, y ya te habías tardado en leernos 😌

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