Manifiesto de un literato contento

Para Marce, Nelly, Luisfe y para los “no-güeros” de la Ibero

Abrimos ese libro. Ese libro es, en realidad, un pasillo. Un corredor iluminado con luz sobria, tenue. Es imposible distinguir a dónde conduce, qué tan largo es, si se quiebra o si es completamente recto. Vamos avanzando por la lectura como avanzamos por la vida. Van apareciendo pasajes que no entendemos, pero que poco a poco van cobrando sentido. Se van acumulando pistas que luego conducirán a un final revelador. Vamos encontrando personajes que serán necesarios para el desarrollo de la trama y otros que se quedarán en el camino. La penumbra del pasillo se irá aclarando como sucede en toda buena construcción literaria.

Ya lo decía el escritor argentino Ricardo Piglia: “un cuento siempre cuenta dos historias”, así como Hemingway defendía la tesis del “iceberg” o de la omisión: “Si un escritor […] conoce lo suficientemente bien aquello sobre lo que escribe, puede silenciar cosas que conoce; y el lector, si el escritor escribe con suficiente verdad, tendrá de estas cosas una sensación tan fuerte como si el escritor las hubiera expresado…”. Es por ello que, de toda novela o cuento chingón, sólo conocemos la punta del iceberg, la superficie…pero el acto de la lectura generará que nos imaginemos lo que subyace bajo el mar y que, mientras pasamos los ojos por el texto, ello emerja a la superficie. El trabajo del creador consiste en saber cómo contar la historia oculta mientras cuenta la historia evidente. 

La literatura es, en cierta manera, un espejo. Un reflejo del mundo. Más bien, una refracción como la que produce un prisma que se nutre de luz y proyecta sus colores hacia múltiples direcciones. Los que la estudiamos a profundidad, los teóricos o críticos de la literatura son (¿somos?) encargados de proponer una visión sobre ese espejo, una descripción de lo que vemos reflejado ahí. Y el referente externo al texto siempre será la vida misma. Cuando se escribe, la página en blanco está a punto de convertirse en todo un mundo. Y cuando se lee, las sopa de letras, que es el libro, empieza a crear un universo (¿un multi-verso?) en nuestras conciencias. El filósofo francés Paul Ricoeur dice que, para entender nuestra vida, la comunicamos en forma de relato o narración: la hacemos inteligible a través de herramientas literarias.

[Interrumpimos esta nota para hacer hacer una aclaración importante: Esta semana se cumple un año de mi aceptación al posgrado en la Universidad Iberoamericana. Me desperté un miércoles, estaba ya de vacaciones, recién había renunciado a mi trabajo en el Piaget y estaba todo listo para irme a estudiar a Monterrey. Departamento, vuelo, papeleos. BOOM: un correo de la Ciudad de México, un cambio de planes, una cancelación de vuelos, anticipos, un freno de mano. A doce meses, que han pasado muy veloces, puedo confirmar que el corazón nunca se equivoca. Creo que estoy haciendo lo correcto, espero estar haciendo las cosas bien]

Mucha gente me pregunta por qué estudio una maestría en literatura y qué puedo hacer con ella cuando la termine. ¿Pero no quieres ser escritor? ¿Publicar novelas? ¿Conseguir el Nobel? Yo me pregunto qué significa ser escritor en el mundo contemporáneo. ¿Vivir de regalías? A lo largo de los últimos cuatro años he estado escribiendo cuentos, relatos breves, la mayoría de corte fantástico. Algunos se han quedado en servilletas, libretas francesas o están manuscritas al borde otros libros. La mayor parte de la gente que me conoce cree que había abandonado la escritura de cuentos, pero debo confesar que he mentido la mayoría de las veces. Así es, fuertes declaraciones paquidérmicas. Lo único que sí se es que me me gusta-asusta lo que pueda pasar, a lo que me vayan a llevar las historias contadas y los estudios emprendidos. Y no, no quisiera recibir en Nobel.

En enero fui con amigos de Mérida a una exposición de vanguardia rusa en el Palacio de Bellas Artes. La curaduría de la exposición tenía una interesante pero muy simplona forma de ser interactiva: los usuarios visitantes podían participar en una votación para responder a la pregunta “¿el arte transforma a la vida o la vida al arte?”. Aunque la respuesta es paradójica, creo que ambas se nutren, una a la otra: el arte propone y representa, la vida se deja tocar y aporta los contenidos. Yo, David, no estoy preparándome para llevar las cuentas de una empresa, para poner un negocio, acumular clientes, para diseñar o construir espacios, para atender pacientes o desarrollar nuevas tecnologías. Mi chamba puede considerarse innecesaria e imprescindible, pero consiste en investigar y compartir cómo entendemos la realidad a través del arte. Me preocupa que algunas instituciones educativas están claudicando en el esfuerzo por comunicar a sus alumnos el valor y el poder del arte, ya sea porque no lo consideran necesario en el desarrollo de sujetos dóciles a la producción económica mecanizada o porque reducen su valor al meramente ocioso y pasivo. 

Amo lo que hago. Ya lo decía un buen amigo: Lo que estudiamos, la carrera que elegimos, no es realmente lo que seremos sino el medio para comenzar a descubrirlo. Yo creo que todavía estoy por comprender por qué elegí este camino, pues la verdad no lo sé a ciencia cierta. Me motiva mucho sentir que escogí un sendero que me ha llevado a muchos lugares y que me ha regalado muchas sonrisas y muchas palabras nuevas. Me motiva la emoción de un libro nuevo, la dedicación con que planeo una clase, los nervios antes de leer algo que he escrito, el arduo trabajo de gestionar un encuentro cultural.

Nota al pie número 1: después de considerarlo un buen tiempo, estoy dispuesto a abrir un curso virtual de redacción. Si lees esto y te gustaría participar puedes hacérmelo saber para que ser tomado o tomada en cuenta y recibir la información. Prometo que será ameno, con ejercicios que motivarán la creatividad y la libertad de expresión. Creo que un primer experimento puede resultar muy divertido. Ojalá emocione tanto como a mí.

Nota al pie número 2: a partir de hoy, recomendaré un libro cada semana. No serán los mejores, ni los más interesantes, ni acepto quejas si ellos no son del agrado de quien lea esto, pero serán los que me inviten a compartirles algo. Tendrá la primicia la novela Los recuerdos del porvenir de la gran Elena Garro (Puebla, 1916: este año cumpliría 100). Me encuentro re-leyendo esta joya de la literatura mexicana porque la abordaremos la próxima semana en el curso que estoy dando sobre escritoras mexicanas en la Universidad. Se publica en 1963, cuatro años antes que Cien años de soledad de García Márquez. Lo anterior es importante porque existen muchas coincidencias respecto al tratamiento de los sucesos contados por ambos autores, maestros del realismo mágico, de construir mundos en los que la realidad que habitan los personajes se vuelve fantástica, sin que ello inquiete su percepción de lo real. Al comenzar a leer la novela nos daremos cuenta de que es Ixtepec, ciudad donde se lleva a cabo la historia, la que nos cuenta el relato de los hechos ahí ocurridos. A través de su voz y su memoria viva conoceremos al sanguinario Francisco Rosas y a Isabel Moncada, quien es uno de los personajes más hermosos de la literatura. Queda de tarea conseguir el libro y entregarse a sus páginas.

Mérida, Yucatán a 10 de junio de 2016

David Loría Araujo.

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2 pensamientos en “Manifiesto de un literato contento

  1. Me gustó mucho tu artículo, sobre todo: cómo entendemos la realidad a través del arte…Gracias por escribir

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