El que escribe invita a pensar o no escribe.

[Para mis otros 6 elefantes elegantes, pero específicamente para uno. Y también para los que se sienten incómodos con lo que a veces escribimos: Porque pensar incomoda.]

No es bueno hacerse de enemigos
que no estén a la altura del conflicto
que piensan que hacen una guerra
y se hacen pis encima como chicos

Fito Páez, “Al lado del camino”

Esa noche Alexia, Mabel y yo habíamos asistido al concierto de Maroon 5 en la Ciudad de México. En el Uber de regreso a mi departamento recibí una llamada de Ricardo Juanes, quien me invitaba a participar en un proyecto de escritura, un blog-bitácora virtual, como la que su hermano Mauricio había empezado con sus amigos bajo el nombre de Perros Verdes (http://www.perrosverdes.xyz/). Al principio me pareció una locura, una utopía que finalizaría pronto, una llamarada de petate. Pero le dije que sí, que me emocionaba la posibilidad de lograrlo, sobre todo porque incluía a gente bien chingona. A las pocas semanas se creó un grupo de WhatsApp, bajo el título Perritos Verdes (elogio a la creatividad), donde se expuso el principal problema: ¿cómo nombrar a esta plataforma digital? Pasamos por nombres como Trasnochados, Ideógrafo e incluso Detodounpoco que agradezco no se hayan quedado como títulos del blog.

El Elefante en la sala surgió porque necesitábamos un animal distintivo y los paquidermos son símbolos de paciencia, solidaridad y orgullo. También representan liderazgo, protección y responsabilidad para algunas culturas y religiones. Por otra parte, era preciso hablar de lo que no se habla, compartir lo que a veces se da por sentado y no se analiza, de lo que incomoda porque nos saca de nuestra zona de confort. Reconocer el amor con que dos mujeres se toman de la mano, encarar la injusticia en el rostro del niño que vende flores afuera de la iglesia, confrontar nuestro lenguaje excluyente cuando llamamos “naco” a alguien, preguntarnos si en nuestras creencias pesan más los ritos que el sentido comunitario, voltear a ver al tío incómodo del que nadie habla, saber que lo que dice el sacerdote o el presidente no es la verdad absoluta, reconocer la importancia de los derechos humanos, aceptar nuestra propia intolerancia. Todo ello ha implicado hablar de el elefante en la sala, de lo que se oculta en nuestros propios armarios (porque uno puede “estar en el clóset” cuando no dice lo que piensa, cuando miente para quedar bien, cuando se conforma con darle gusto a los demás). 

El domingo pasado, nos reunimos por primera vez los siete integrantes, una noche de pizza de pastor y vino tinto. Platicamos mucho sobre el impacto que ha tenido el blog: en conflictos religiosos, en congresos de psicología, en sobremesas de comidas familiares, en países lejanos, en amigos cercanos, en acaloradas conversaciones entre padres e hijos, en comentarios destructivos, en comentarios constructivos, en homilías, en cartas astrales, en otros blogs. En fin, de lo mucho que se ha leído este sitio que empezó como una locura. Algunos hemos escrito de temas controvertidos, otros de sucesos cotidianos, pero siempre el objetivo ha sido decir lo que pensamos: nunca lastimar a nadie, nunca provocar un conflicto, siempre contagiar pensamiento o reflexión. Porque la lectura comienza, realmente, cuando llegamos al punto final y nos llevamos algo del texto. [Noticia: También decidimos hacer, muy pronto, una semana de puros elefantes invitados].

Creo en la importancia de escribir y asumir el riesgo. El que escribe crea un problema o no escribe. El que escribe invita a pensar o no escribe. El que escribe comparte y escucha, o no escribe. Uno no se equivoca cuando dice lo que siente o lo que piensa, uno se equivoca cuando guarda lo que se siente cuando está listo para compartir o dialogar con los demás. Uno no pide perdón por escribir lo que piensa, sino que propone escenarios de diálogo. Es destructivo pensar que lo que escribimos nos define absolutamente: no engloba TODO lo que somos, no es material para juzgarnos, ni para alabarnos, ni para condenarnos. No escribimos para vanagloria personal, escribimos porque no podemos no escribir. Porque si dejo de escribir dejo de ser yo mismo, y si dejo de ser yo mismo ¿qué sentido tiene? Me molesta cuando dicen que los jóvenes no leen, cuando ¡claro que leen y escriben!, ¡claro que opinan y no están de acuerdo! En el transcurso de los últimos 3 años he dado clase de filosofía, literatura y redacción a jóvenes que tenían mucho por decir, pero no se sentían escuchados. El problema es ¿qué tanto leemos a los jóvenes? ¿Qué tanto escuchamos lo que tienen para decir?

Muchos cambios en la historia no se habrían dado si las cosas no se hubieran mirado desde otra perspectiva. Todo cambio comienza con un atrevimiento, con una mano que se levanta, con alguien que da a conocer sus ideas a través de un papel o una pantalla, con alguien que representa la excepción a la regla. Esta semana el tren de las malas noticias -las absurdas, las aberrantes, las indignantes- viajó a la velocidad de la luz. La impotencia ante muchas de las situaciones que leemos o escuchamos tiene que llevarnos, AL MENOS, a hacer frente a las lógicas intelectuales que no permiten contradecir lo que viene de la tradición, de las buenas costumbres o de los manuales tácitos de comportamiento. Y también responder con una sonrisa ante los ataques de quienes no están de acuerdo porque, ¿Saben qué pasa? Que interpretar, comprender un texto implica siempre comprender un poquito más de nosotros mismos. Ninguna lectura está libre de autocrítica y eso es lo que más asusta a las personas. Que leer un texto implica mirar al espejo nuestras carencias de tolerancia. “Lo que te choca, te checa” dicen por ahí.

Gracias por no estar de acuerdo, pero dialoga. Gracias por pensar diferente, pero no censures, no des puñaladas por la espalda, no satanices la opinión del otro. Que no te choque que se hable al respecto. Porque estés de acuerdo o no, con alguno de nosotros siete (porque las ideas de uno no comprometen las de los otros seis, porque yo sé que Juanes y Javo no piensan idéntico, que Laura y yo chocamos en algunos temas, que Mariana y Monse ni se conocían en persona) nos has permitido sacudir un poco tus ideas: con respeto, con argumentos, con intercambio de opiniones. Disentir con algunas formas de pensamiento, tener una postura crítica -que no criticona- no nos excluye de ser personas que quieren hacer el bien, proponer para mejorar, platicar para construir o reconstruir. Escribir sobre el “otro”, sobre aquel tema incómodo, cuestionar “lo que siempre ha sido así” es un acto subversivo. Es más: ser feliz, ser auténtico y hablar de ello, en esta ciudad, en este país, es un acto subversivo.

Seguiremos, pues, barritando con respeto y con sonrisas en el rostro. 

 

Yo disiento.
Yo sé que todo va a estar bien
porque no estoy solo,
porque somos muchos,
los que vamos a hacer
que todo esté bien […]

Javier Raya, “Disentimientos de la nación”

Mérida, Yucatán a 3 de junio de 2016 (¡Hoy es noche de fiesta porque Mabel se gradúa!)

David Loría Araujo

 

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Un pensamiento en “El que escribe invita a pensar o no escribe.

  1. Debo admitir que tenemos diferentes opiniones sobre algunos temas, sin embargo estoy completamente de acuerdo con lo que escribiste. Podremos tener diferentes opiniones pero siempre respetando cada opinión. Así como tú expresas tus puntos aquí deja que más personas lo hagan y respétalas tú también, no trates de querer cambiar la opinión de otra persona, eso hace gran diferencia. Tenlo en cuenta y no escribo esto de ninguna manera ofensiva. ¡Éxito!

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