HOUSTON, TENEMOS UNA CRISIS.

Era un galerón inmenso. Mirando todo de arriba hacia abajo con cierta impaciencia, me encontraba esperando mi turno para pasar con el oficial de migración en el aeropuerto de Houston.

Tardé más tratando de adivinar el destino de quienes esperaban conmigo en la fila que de ser llamada por el mencionado oficial.

Dicen por ahí que los seres humanos tenemos mecanismos de defensa que se activan ante una situación de peligro. Más que peligro, de pronto me sentía incómoda y nerviosa, casi como si ya supiera lo que estaba a punto de pasar.

En este momento, me gustaría hacer un pequeño paréntesis: Tengo 20 años y me da una risa nerviosa cada vez que me preguntan si me gustan los derechos humanos. Antes, no me ponía a pensar y afirmaba felizmente; sin embargo, luego de un análisis un tanto profundo caí en la cuenta de que no hablamos de gustos, sino de la esencia del ser. No es como que podamos decir que nos gustan o no, que hay elección o no, están intrínsecos y nuestra misión debe ser buscar que sean respetados y estemos en posición de ejercitarlos sin restricciones más allá de las meramente necesarias para el bien público.

Ahora bien, habiendo hecho la puntualización y regresando a mi relato, el oficial solicitó mis documentos amablemente y me preguntó el motivo de mi visita. No había espejo, pero estoy segura que esbocé mi mejor sonrisa, la emoción se apoderó de mí y exclamé “ un concurso de derechos humanos”… El policía bufó.

Quisiera decir que fue un error haberle agregado el “derechos humanos” al concurso; no obstante, ¿por qué debería hacer ruido en el sentido negativo que fuera sobre ello, no?

Y en sí, ¿por qué debería tener miedo de decir derechos humanos?

La mirada de desaprobación y la risa irónica del policía me dejó un trago amargo que aún hoy mientras escribo siento. En resumen, el señor no entendía cómo yo viniendo de México podría hablar de derechos humanos dada la existencia de una crisis en el mismo y donde todos los días mataban, desaparecían y torturaban personas.

Me sentí fúrica y también, decepcionada.

¿Sí comprendemos que las violaciones a derechos humanos, incluso aquéllas consideradas graves, suceden en todas partes del mundo y que ni países de “primer mundo” como Canadá o Estados Unidos se salvan, pues por ejemplo,  permiten prácticas denigrantes de sus empresas extractivas en países del Centro y Sur de América o el sostenimiento de guerras eternas que han producido miles de  desplazamientos y muertes desde hace décadas?

Y si mi país, tiene una crisis humanitaria, ¿ no es por ende de vital importancia que me vea interesada por la educación y promoción en materia de derechos humanos?

No desmiento para nada la lamentable existencia de ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzadas, feminicidios, trata de personas y otros tantos crímenes que se conciben como graves violaciones a derechos humanos. Sin embargo, más allá de la forma del agente estadounidense, la razón en cuanto a lo que ocurre y el poco interés que tienen las autoridades mexicanas por combatir desde la raíz el problema, ha trascendido al panorama mundial y hoy, nos reconocen por esta crisis en derechos humanos.

Más tristeza da ,como la indiferencia hacia los derechos humanos parece un virus silencioso que cunde a toda Latinoamérica. Los países se lavan las manos y actualmente, demuestran las prioridades de sus agendas y bolsillos a través de la caída de su propio sistema en derechos humanos: La CIDH también se ha declarado en crisis por la falta de fondos que ya no recibirá de los países europeos y por aquéllos que jamás ha recibido de los latinoamericanos.

Después de todo, ¿a quién le gusta que lo pongan incómodo y en evidencia?

La pena ajena por la situación que vivimos es lo de menos, no debe tener ni un espacio de nuestro pensamiento. Sin embargo, lo que sí, es buscar las maneras para que desde la trinchera de tu preferencia,  se fomente y construya una cultura de derechos humanos. Sonará ingenuo e insignificante, pero la educación es pieza clave para cambiar nuestra actual postura e indiferencia. La materialización de los derechos humanos no es utopía, pero nos hace falta conocerlos y creer firmemente en ellos para no esperar un Estado que los promueva, sino una sociedad a la que no se la llevan al baile y los exige cuando es deber del Estado salvaguardarlos, así como contribuir al mantenimiento de su sistema de protección de derechos humanos.

Aprovechando, #SalvemosLaCIDH.

Monse.

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