De riqueza, pobreza y otras adicciones 

Vivimos en un país en donde lo que se gasta un “niño” de 18 años en una noche de antro, puede ser lo mismo (o mucho más) de lo que gana un padre de familia para poder mantener a su familia en un mes completo; donde lo que para unos es una casa “bastante estandar”, a la clase menos afortunada (la mayoría del país) le tomaría 90 años de trabajo producir lo suficiente para adquirir esa casa “bastante estandar” ; donde una familia “medianamente acomodada” vive con lo que 26 familias que no lo son (y eso que no estoy hablando de las familias adineradas (cuántas familias podrían vivir con lo que vive una familia realmente rica (perdón Bates no encuentro los signos adecuados en mi teclado para poner paréntesis entre paréntesis (tengo teclado gringo)))); un país en  donde el 1% de la población acapara el 50% de los recursos de la nación. He crecido en una posición en donde lo que para mí es un simple paseo en lancha (solo considerando la gasolina),  una simple cena, una simple salida al antro, para otros, es el equivalente a dos semanas de alimentos para su familia, los medicamentos que quizás no podrá comprar éste mes, los útiles que no pudo adquirir para la escuela….. y así podríamos seguir todo el día…. está bastante claro, en un país como éste, lo que para muchos de nosotros es aparentemente insignificante, para otras personas puede representar su todo.

En el museo del Castillo de Chapultepec, inscrita en uno de sus muros, se encuentra una frase escrita por Alexander Von Humbolt (el padre de la geografía moderna) hace más de 200 años: “México es el país de la desigualdad. Acaso en ninguna parte la hay más espantosa en la distribución de fortunas, civilización, cultivo de la tierra y población.”

Desde bastante joven me dí cuenta, de esta triste situación, y desde entonces la conciencia de su existencia me ha acompañando a lo largo de mi vida, como el segundero de un reloj reloj que, a pesar de que simpre suena, la mayoría del tiempo ni lo escuchas, pero por las noches no lo puedes ignorar. Ese sonido, no siempre perceptible, me ha llevado a preguntarme en ciertos momentos de mi vida: Si para mí, hay muchas cosas que representan muy poco, que para otros pueden representar tanto, ¿porqué no prescindir de ellas en su favor?¿Que pasaría en el mundo si las personas que tienen casas caras, coches de lujo, relojes de marca, comida cara etc. destinaran esos recursos a mejorar la vida de quienes no tienen ni casa, ni coche, ni comida?¿Cambiría drásticamente su vida si su coche no fuera de piel o su ropa de marca? Para los que nos consideramos cristianos ¿El que ama al prójimo como a sí mismo, no tiene la obligación actuar para que el prójimo viva tan bien como uno mismo?¿Si salir a cenar para mí representa tan poco porqué no uso ese dinero para pagar esa medicina que a alguien más le representa tanto? ¿No en eso consistiría el amor?

La respuesta que se me ha dado siempre es “no puedes pasarte la vida regalando todo” pero ante esa respuesta la duda persiste, ¿acaso esa medicina no va a representar más para el otro, que esa cena para mí?¿acaso no está en mi poder y libre decisión privarme de esa salida al antro para garantizarle a alguién más algo mucho más importante? , también surgen muchas otras dudas ante esa respuesta ¿he hecho algo especial para merecerme estar en la situación privilegiada que estoy?¿la otra persona tuvo las mismas posibilidades que yo, incluyendo una familia adecuada, una educación de calidad, un ambiente sin violencia, etc.?¿es posible eliminar la miseria mientras habemos algunos que acumulamos tanta riqueza?¿los pobres realmente se tienen la culpa de ser pobres?

Ante estas preguntas algunos amigos responderían decisivamente que la riqueza que acumulamos algunos es la causante de la miseria en el mundo y que definitivamente hay que cambiar el orden de las cosas. Otros afirmarian que el capitalismo es lo que ha logrado tanto avance y que sin esa forma de conducirnos todos estaríamos mucho peor, o que el mundo no puede funcionar si todos le regalan todo a todos porque para generar trabajo también se necesita consumo…

En lo personal creo que ninguna postura se equivoca, sin embargo creo que la mayoría de veces se polarizan y a las personas les cuesta ver el punto medio. Por cuestiones de tiempo, espacio y creatividad daré mi respuesta a ellas la próxima semana en “De riqueza, pobreza y otras adicciones II”, mientras tanto, agradecería que compartan sus respuestas y opiniones.

Nota: hoy tomé una gran decisión: regresarme de mi oficina en bicicleta a pesar de la leve lluvia, en lugar de pedir un uber. Gran sensación.  ¿Hace cuanto que no dejas que la lluvia bese tu cara?

 

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4 pensamientos en “De riqueza, pobreza y otras adicciones 

  1. Esta columna está, deplorablemente, llena de verdad, especialmente para nuestra sociedad Yucateca. La conversión sólo será verdadera cuando toque el bolsillo.

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  2. Muy cierto. Todo esto me recuerda la frase: “Por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos 60 segundos de luz”. Cómo lo que en momentos nos parece tan mínimo / insignificante, en realidad puede ser tan representativo en otras circunstancias o desde otra perspectiva. Un día cuestioné a un sacerdote sobre esta situación de desigualdad y lo que me dijo fue que precisamente Dios nos ha “facilitado la vida” a algunos pocos para compartir toda esa riqueza y comodidades con quienes más lo necesitan como misión y propósito de vida. Qué fuerte y qué difícil!!!

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    • Y chinchetas…También suena y suena mi segundero 😦

      Saludos desde la ciudad de las montañas y el cabrito! Hasta acá los leen 😀

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  3. Pingback: De riqueza, pobreza y otras adicciones II. – EL ELEFANTE EN LA SALA

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