Alina Cervantes pierde un diente

[Un cuento, porque lo prometido es deuda]

Para Alina C.

Entre la vigilia y el sueño, a la postre de un bostezo, repasó con la lengua el interior de su boca y reparó en el vacío. Abrió los ojos: amplios, azules. A Esteban le gustaban, hace tiempo, sus pupilas profundas. Estaba despierta, el sol dibujaba sombras engañosas en el techo de la habitación: se preguntó si realmente estaban allí o si eran eco de sus ruidosas pesadillas. Acercó la lengua de nuevo al sitio exacto y el horror la incorporó de las sábanas como si estuviera poseída. No estaba ahí. Lo comprobó con el dedo índice, su yema se hundió en la encía hueca: definitivamente faltaba un incisivo.

¡Qué bien!, se dijo Alina con sarcasmo, una mañana de domingo destinada a no salir de casa para hacerle frente a esta violenta ciudad. Un domingo y sin dentistas en sus consultorios. Una mañana linda sin preocuparse por las prisas y el maquillaje para el trabajo, por no vestirse ni tan provocativa ni tan poco interesante; un día menos sin recibir órdenes de un jefe cual sumisa escultura del siglo diecinueve. Yo, Alina Cervantes, una mañana de abril, libre pero chimuela.

Salió de las sábanas y lanzó enojada su almohada de koala al techo. Le gustaba ese cojín, había sido regalo de Esteban. No había rastro de sangre ni dolor. Llegó entre tropiezos al espejo del baño y contempló su imagen aterrada. Abrió lentamente la boca: la mueca reveló, una vez más, que no tenía un diente. Parecía una caricatura, un dibujo retorcido y con apariencia de mugriento: no podía parecer pordiosera. Regresó a la cama, buscó entre sus pliegues, miró debajo, sacudió la almohada, se revisó la ropa interior. Nada, no había rastro del pequeño que se había ido.

Mientras tanto, las sombras del techo también se habían esfumado. Eran esas. Manos ajenas cuyos dedos se retorcían como tarántulas. Extremidades que provenían de ninguna parte, brazos sin cuerpo que amenazaban el suyo. Eran esos, les había huido en sueños, les había sentido caminar sobre la cavidad posterior de sus rodillas, les había visto surgir bajo un asiento del transporte, habían puesto a prueba la textura de su ropa interior. Habían generado una gota fría que descendió sobre su espalda. No decían “ven”, tampoco decían “qué bien”, ni mucho menos “sí”. Decían, dedos arácnidos: “voy a entrar”.

No quería quedarse así. Si tan sólo le gustara sonreír en las fotografías, podría revisar las más recientes e identificar a partir de cuándo tenía un hueco en la dentadura. Sintió que se volvía loca. Sería objeto de la burla mordaz de sus amigas, podría perder su trabajo en el bufete de abogados, definitivamente eso no regresaría a Esteban, podría incluso ya no verse atractiva en el gimnasio porque ¿de qué sirve una nalga pronunciada y un escote que muestre el túnel entre los senos si no se tiene un diente para sonreír con placer? A ver, Alina, ¿para qué ser tan amable y eficiente si no puedes generar la fantasía de besarte –u otra cosa– en tu interlocutor?

Estaba claro: Sin un diente podría evitar las miradas lascivas en los juzgados, podría impedir que los policías de la calle le gritaran, podría salvarse de las manos velludas que en el tren subterráneo quisieran penetrar el interior de sus ingles. Bastaría con devolverles la mirada y sonreír para que el asco y la sorpresa alejaran los dedos tiesos. Soltó una carcajada: hasta podría guiñarles el ojo a ver qué pasaba.

Una mañana linda de domingo, chimuela y pinche guapa. Alina se calzó los zapatos y se vistió como quiso: era un día de calor. ¿Si ya no tenía un diente y no podía hacer nada para arreglarlo, qué más podía perder? Con ropa holgada salió a la calle en busca de un café y algo de fruta. Se dirigiría al Centro sin expectativas, necesitaba un paseo. La ciudad parecía menos contaminada que de costumbre. El mundo era una mierda pero la ciudad sonreía, aun sin algunas muelas. Bajó confiada al subterráneo, no sin antes desearle buenos días al señor del puesto de periódicos que miró morbosamente sus tobillos. Esperó pacientemente el tren y abordó un vagón bastante concurrido.

Esperó sin prisa la estación que deseaba. En la parada siguiente el vagón se saturó y se convirtió en un collage de personas que sentadas, paradas o colgadas, esperaban su destino. Una mañana linda de domingo bajo la tierra. Un espacio caluroso, donde nadie sonreía ni tenía que enterarse de su secreto. Alina no pensaba en que el lunes estaba cerca, no pensaba en el cerro de pendientes del trabajo, no pensaba siquiera en la falta de su diente. Estaba distraída mirando a una mujer que amamantaba a su hijo con vergüenza cuando sintió unos dedos caminar como tarántula sobre su cadera. Se estremeció. Su espalda se hizo de cristal cortado. Conservó la calma, preparó la sonrisa…y volteó: Identificó la mano velluda, el brazo, el hombro. Subió la vista por el cuello de aquél hombre y reconoció a Esteban, quien le devolvía la sonrisa descarada. El mundo dio una vuelta, el tren se detuvo: la gente que entró la empujó más adentro, más cerca de esa mano que, cerrada en un puño, arremetió contra su boca algunas semanas atrás.

Mérida, 20 de mayo 2015

D.

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