¡Yo decepcioné a mis papás!

Para Adriana, M, M y D.

Siempre quise ser detective o, más que nada, un resolvedor de laberintos. Me fascinaba escuchar la historia de Teseo y el minotauro, del hilo de Ariadna como las migajas de pan de Hansel y Gretel, imaginaba perfectamente cómo sería adentrarse en tal embrollo de cámaras subterráneas. Cuando exploraba los jardines de mis abuelas, quería ser investigador; cuando cantaba en la regadera, quería ser cantante; cuando tomaba clases de inglés, quería ser el maestro; cuando leía un cuento, quería ser el escritor. 

Se burlaron de mí por no saber patear un balón de futbol, decepcioné a mi abuelo –asiduo beisbolista, dueño de Deportes Loría– porque el guante apestaba a rayos, y a mi padre por los pretextos que puse para no ir ni a un campamento Scout. Ya saben: mosquitos, lodo y casas de campaña no son una buena combinación para mí, pero era MUY bueno para los rally’s, para resolver pistas, para subirme a los árboles y para llorar cuando me lastimaba al caer de los árboles. También tomé karate y basquetbol: nadie lo sabe porque realmente fui a una sola clase de cada uno. Me inventé enfermedades para no ir a competencias de natación (¿estaba mal que sólo me gustara vivir bajo el agua y no competir?). Además, de los tres años que jugué americano (tochito bandera) durante la secundaria, nunca anoté punto alguno para mi equipo.

Ni mi Madre ni mi padre, quienes hoy abrazan toda mi autenticidad, impusieron carga alguna sobre estas decisiones. Pero yo sabía que no era quien habían imaginado que sería. A pesar de eso, yo siempre he sido transparente con mis papás. Creo que eso ha ayudado a que, a pesar de las repentinas noticias (“Mamá, Papá: ese actor está muy guapo, ¿por qué no me gustan las niñas?”, “Mamá, Papá: me besé con un chico estas vacaciones en Xalapa”, “Mamá, Papá: en la escuela haremos un musical sobre un científico loco que además es travesti”, “Mamá, Papá: Yo seré el científico loco que además es travesti”, “Mamá, Papá: me voy a unir a una campaña de activismo LGBT”) y de los duelos (a veces prolongados, a veces dolorosos) cada vez me conozcan más y mejor.

[Aprovecho para hacer un corte comercial. Y esto es grave. Cuando dije a mis papás que era gay, no sé si sufrieron más por mis preferencias que por la cantidad de dinero que habían perdido con un psicólogo LOCO. Aterradoramente loco. Sí, David fue víctima de un psicoloco que cobró a sus padres por “resolver” su “confusión”. Era una tortura para mí verlo a los ojos y escucharlo por largos minutos, sentir cómo me analizaba, cómo sacaba de mí eso que yo ya sabía que no iba a cambiar. Pero eso realmente es un elefante de terror que tal vez me atreva a contar otro día].

A veces los padres no entienden que somos energía, que somos ideas que fluyen, que somos vida que sigue naciendo. A veces creen que nuestros destinos y nuestras decisiones están en sus manos y que toda consecuencia de nuestros actos tiene que ver con algún error suyo en el pasado (Mamá: si lees esto, ¡no soy gay porque escuchabas tus casettes de Pandora-Flans-Ana Gabriel en el coche!) Creo que tampoco se dan cuenta, (y esto también me pasará (seguro) cuando tenga hijos –porque los quiero–) de que generan expectativas que pesan mucho sobre sus hijos. “Mamá, Papá: voy a estudiar literatura y no ingeniería-idustrial-logística”, “Mamá, Papá: un niño me acaba de dar en la madre, necesito un abrazo”, “Mamá, Papá: me voy a hacer una maestría a la Ciudad de México”, “Mamá, Papá: necesito ir a ESE doctor”, “Mamá, Papá: no se asusten de que sea humano y cometa errores”.

Esta semana hablaba con dos de mis mejores amigas sobre el tema. Una de ellas, siempre ha corrido a contracorriente respecto a la voluntad de su padre, y no por llevarle la contraria, sino porque parece que, haga lo que haga, logre lo que logre, nunca podrá complacer las expectativas de su padre, siempre la hará sentirse un pasito atrás; La otra, confesó que pocas veces ha hecho algo que decepcionara a sus padres, pero constantemente está haciendo cosas para no defraudarlos, para dejarlos orgullosos, cuidando siempre esa imagen que sabe que sus papás tienen sobre ella. A las dos les envío el mejor de los apapachos estilo David. Amemos y comprendamos la autenticidad de nuestros papás, que tampoco están obligados a validar todo lo que hacemos ni a aprobar todas nuestras elecciones. Ellos se perderán de nuestros días. 

Señoras y señores: no tengamos miedo de decir “Me arrepentí después de estudiar eso 4 años”, “No, no quiero casarme, ni por la iglesia ni por la ley”, “No soy feliz solamente queriendo a quien la sociedad quiere que ame profundamente”, “No quiero dedicarme a ser una máquina de dinero como tú”, “No quiero lo que tú quieres para mí”, “No tengo las mismas valentías ni los mismos miedos que tú”, “No quiero esa vida de sociedad cómoda que tú me has regalado -y por la que te agradezco- por tanto tiempo”, “No quiero repetir los errores de mis padres”, “Es mi cuerpo y lo transformo como me haga feliz”, “Perdón si te defraudo, pero no soy responsable de las emociones negativas que mis decisiones libres generen en ti”, “Los amo más que a nadie pero también soy libre” (Y todavía más en una sociedad como la meridana, donde todavía persisten -encubiertos- los matrimonios arreglados, las “dotes” y los linajes empresarios).

Un día, en esos tiempos en los que a mi Papá todavía le costaba mucho trabajo el tema sobre mis preferencias sexuales (realmente era un silencio aterrador entre él y yo), decidí acompañarlo a hacer un trámite al banco. En el camino tragué saliva y me atreví a recordarle las veces en que muchas noches, antes de la fiebre por la historia del niño mago (los libros III y IV de Harry Potter los leímos juntos, un capítulo cada quien, en voz alta), hacíamos castillos de cartón cuyas puertas y ventanas se abrían y revelaban acertijos, resolvíamos libros de enigmas, llenábamos las casillas de los crucigramas en el periódico, nos divertíamos con páginas y páginas de ilusiones ópticas.

Una vez, incluso, hicimos juntos un “juego electrónico” –en Power Point y con “renders” de Paint– llamado Laberinto, en el que el jugador se perdía por los pasadizos de una gran pirámide. Hice memoria sobre las veces en que, a mis 6-9 años, hacía obras de teatro en casa de mi abuela y cobraba $1.00 para que mi familia las viera. Me arriesgué a que viera en mí a ese mismo niño, uno creativo, imaginativo, sin un molde de deportivo o temeraria, dedicado al detalle, más femenino que masculino. Papá se bajó solo al banco. Yo podía escuchar mi corazón romper el silencio que quedó dentro de la camioneta. Al regresar, dijo las cinco palabras más bonitas que me ha dicho en su vida: “Creo-que-tú-naciste-así”. 

Tres años después, al enterarse de la ruptura de mi última relación, mi Padre me miró a los ojos y me dijo tiernamente: “Lo siento mucho, hijo, sé lo importante que era para tu vida y lo feliz que eras a su lado”. Y eso es lo segundo más bonito que Papá me ha dicho: no por lo cursi, tampoco por el duelo que estaba pasando, sino porque reconoció el lugar que un hombre –tan hombre como yo y como él– había tenido y tendría en mi vida. Mi madre, por su parte, nos dijo a Adriana y a mí hace poquito: El único deseo para mi vida es que sean felices. Yo miré a mi hermanita y juntos entendimos que era una bendición que debía ser compartida. Está claro: no todos tienen la bendición de tener a los papás/mamás que nosotros (que no por aceptarnos como somos ya son perfectos y se salvan de alguno u otro mal paso) pero sí podemos hacer a los y las demás partícipes de los regalos que hemos recibido. Este texto es uno de ellos.

Yo decepcioné a mis papás: no soy lo que soñaron para mí cuando les dijeron “es un niño”, pero juntos hemos aprendido a soñarnos juntos como familia, a comprender que la única decepción sería la de abandonarse uno mismo a las decisiones de los demás. 

¿Y tú, qué tanto estás haciendo lo que te hace feliz?

Ciudad de México, 13 de mayo 2016

D.

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7 pensamientos en “¡Yo decepcioné a mis papás!

  1. He sido afortunada de encontrarme en el camino de la vida con un ser maravilloso como lo eres tú. Al leer este texto puedo ver la autenticidad de tus palabras y reconocer tu esencia inmersa en ellas. Te conocí cuando tenías 12 años y tuve la dicha de ser tu maestra de 6° grado. Detallista, afectuoso, responsable, respetuoso, interesado en su aprendizaje, gran lector, participativo, colaborador, empático….en fin…un alumno con grandes cualidades, reflejo de la educación y valores vividos en la linda familia de la que formas parte; y que a esa corta edad, ya sabía que las letras y la literatura era lo suyo, su predilección…y que el talento se hacía notar en sus escritos.
    Me da mucho gusto que sigas siendo coherente con tus ideales y que hagas lo que realmente te hace feliz. Estoy segura q alcanzarás gran éxito. Para mi eres un orgullo!
    Mi guapo! te mando un fuerte abrazo y mis mejores deseos para que logres todas tus metas!
    *Definitivamente mi trabajo me hace muy feliz, pues me da la oportunidad de conocer y ser parte en la formación de grandes seres humanos como tú! 😄

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  2. David gracias por compartir..Son pocos y pocas los que se atreven a compartir abiertamente su experiencia de vida. Gracias porque esto ayuda muchísimo a miles de niños y jóvenes a tener valor y ser lo que tienen que ser, auténticos y felices y no lo que sus padres o la sociedad quieren que sean. Te mando un gran abrazo!!

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  3. Qué bello, David.
    Gracias por compartirlo. Te mando un abrazo y me alegra tanto recordarte entre las letras.

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