“Todo cambia”: un apapacho a la generosidad

Para Paty, Clau, Isaac y Héctor

Sugerencia: leer con la canción “Landslide” de Oh Wonder

[Nota aclaratoria 4: Corría el mes de agosto de 1999, yo tendría 7 para ese entonces. Nuestra amiga colombiana Shakira grababa en Nueva York su disco MTV Unplugged que, según mis criterios, es lo mejor que ha hecho musicalmente. Yo adquirí el compacto unos años después: de las canciones de ¿Dónde están los ladrones? sólo le hacía falta “Que vuelvas”, que había sido sustituida por “Estoy aquí”. Mi parte favorita de la grabación llega cuando, antes de cantar “Tú”, esa donde regala su nariz, su cintura, sus zapatos desteñidos y hasta sus huesos, muy generosa ella; dice así: Entre todos nuestros años hay un momento en que la vida parece que se nos simplifica, y dejamos de consultar las líneas de la mano y empezamos hasta releer nuestros poetas favoritos, incluso a veces nos lanzamos a escribir algunos versos. Lo bueno del caso es que no nos sucede una ni dos veces nos sucede muchas veces, ese es mi problema, siempre volvemos a amar…Y allí-aquí comienza mi elefante…]

Hoy se cumplen 4 semanas de escribir elefantes, pero mi miedo al cambio no disminuye. Hace ya casi tres años, escuché (y no por primera vez) la canción Todo cambia del chileno Julio Numhauser, en la voz de tres amigos muy queridos. Era un momento muy oscuro, de mucha confusión y lleno de vacío. Era un viernes por la noche, en un delicioso restaurante del centro de Mérida, bajo un árbol de orquídeas con Mabel, Gallo, Fernando y Fernanda. Fue justo ahí cuando, entre una que otra lágrima (se sabe que soy muy gay, muy Piaget, muy zurdo, MUY cursi y muy chechón) me dije a mí mismo “mi mismo: hay que dejarse cambiar”. En esa etapa específica, aprehendí la letra de la canción como un himno: Y así como todo cambia, que yo cambie no es extraño. Ya lo decían, a la vez, el fuego y el río de Heráclito de Éfeso (personaje que gustaba mucho, no sé por qué, a mis alumnos de Filosofía I).

Sin embargo, a veces las canciones cobran renta. Piden factura por haberse quedado tanto tiempo con nosotros: se resignifican. La letra que habíamos imaginado ahora dice otra cosa, algo que asusta y aparece como un reto al corazón. No hace muchos días volvió a estar nublado, fueron días de mucha tos. Algunos planes se reajustaron, otros proyectos llegaron a su fin. Sí, había cambiado en su momento la tristeza por la luz; pero ahora era tiempo de nuevos cambios: me chocó que la canción fuera tan parte de mí, porque no podía huir cobardemente de su nuevo sentido: en ocasiones hay que aprender a soltar. Volver a decepcionarse del “para siempre” como acto vicioso.

Sí, a veces los viajes que planeaste por muchos meses se pasan volando; sí, en ocasiones la vida te esconde sorpresas en las personas a quienes tenías más confianza; sí, las personas más amadas pueden partir a otras vidas; sí, los cambios más drásticos suceden en unos segundos; sí, de repente te das cuenta y ya pasó tu primer año de maestría; sí, a veces las relaciones terminan, los amigos se distancian, las familias se reorganizan. Los miedos, como el amor o el desamor, un buen día, se van.

Somos el resultado de los textos con los que nos hemos cruzado: un libro de cuentos, un telegrama, un acta de divorcio, un boleto de cine, una receta médica. Somos el producto de nuestros pasos: el viaje a la frontera de un país, el descubrimiento de una playa secreta, el camino cuesta arriba de un cerro, los mundos que exploramos en sueños. Ningún corazón está entero: somos un mosaico, un collage de retazos. Hay grietas, intersticios, saltos de párrafo, diversas tipografías y lugares vacíos, que son también espacios de significado. Tenemos el corazón parchado con lo mejor de las personas que hemos amado: el sabor de los besos, los helados favoritos, los pequeños placeres, las manías, las risas, las fotografías, las mejores versiones de nosotros mismos.

Una de las películas mexicanas que más me gustan se llama Efectos secundarios, de Isa López. En ella, el personaje de Marina tiene un monólogo de voz en off titulado “Instrucciones para cumplir treinta”, de cuyo contenido pego aquí lo siguiente: Tira el equipaje de sobra, el viaje es largo. Cargar no te deja mirar hacia adelante— y además jode la espalda. […] Deja que te rompan el corazón. Enamórate. Date en la madre y vuelve a levantarte. […] Equivócate. Cambia. Intenta. Falla. Reinvéntate. […] Prueba otros sabores de helado, otras cervezas, otras pastas de dientes. […] Invéntate otro nombre. […]  Perdona. Olvida. Deja ir. Decide quien es imprescindible. Mientras mas grande eres, más difícil es hacer amigos de verdad y más necesitas quien sepa quien eres sin que tengas que explicárselo […].

Entregarse al cambio es también aprender sobre la generosidad. Si nadie se queda para siempre, y somos humanos y humanas llenos de dones, cada persona que llega a nuestras vidas merece la generosidad de nuestra entrega. Y cuando se van, quedan los aprendizajes como más dones para generar más apapacho. Hay que aprender a sentir miedo, tristeza y duelo, sin convertirnos en EL miedo, LA tristeza y EL duelo. Una persona que amo mucho siempre decía: no dejemos que los sentimientos se conviertan en re-sentimientos. Que se instalen como polvo bajo los sillones o en snorkels abandonados. Todos y todas llegan a nuestras vidas a enseñarnos algo: aprendemos sobre nuestra propia capacidad de amar con libertad, aprendemos lo rico que se siente el anhelo de una familia, aprendemos a pensar en el futuro, aprendemos a decir “no”, aprendemos a decir “te quiero” en muchos lenguajes. 

La nostalgia está hecha con el material del cambio. La nostalgia es un recordatorio de nuestra capacidad de amar. Así pues, yo también he releído a mis poetas favoritos. Uno de ellos es Jaime Sabines, de quien robo un fragmento: Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nadaHay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: «qué calor hace», «dame agua», «¿sabes manejar?», «se hizo de noche»… Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho «ya es tarde», y tú sabías que decía «te quiero»).

También aprendemos a emitir recibos de honorarios a las canciones difíciles, a entregarnos a los oleajes de la vida, a probar nuevos sabores y escribir en otros lenguajes. Participamos en un blog colectivo, le echamos más ganas al gimnasio, nos reencontramos con los contactos perdidos de nuestro celular, mandamos uno que otro mensaje del que nos arrepentimos, bebemos un poquito más de la cuenta, bailamos reggaetón del decenio pasado. Pero, como dice la canción, (que en realidad me gusta por la gran cantora Mercedes Sosa): no cambia mi amor, por más lejos que me encuentre.

Ciudad de México, 29 de abril de 2016

D.

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2 pensamientos en ““Todo cambia”: un apapacho a la generosidad

  1. Efectos secundarios, gran película; me identifico contigo Davidy, todo cambio puede darnos miedo o doler sin embargo, todo cambio, nos ayuda a conocernos más, a saber identificar qué nos gusta y que no, saber qué cosas consideramos indispensables en nuestra vida y cuales solo las teníamos de accesorio. Cambiar, conocer, reinventarnos 😊 #ahíestáeldilema (busca las faltas de ortografía escondidas jajaja )

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  2. Bello.

    Un ensayo completo y agudo acerca de ‘el arte de aprender a soltar’ es justo y necesario para cada alma. Yo todavía tengo las hojas de ese ensayo en blanco.

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