Un anti-cuento: Crónica de la tos

[Nota aclaratoria 3: “Crónica de la tos” se fue, no lo encuentro. El cuento que me ha perseguido todos estos meses desapareció de la computadora. No es mentira. No fue guardado, ni recuperado por el Word, ni siquiera eliminado por error. ¿Lo habré imaginado escrito? ¿A dónde se van todas las palabras cuando no quedan sus letras? ¿Es la pérdida de un manuscrito -no escrito a mano- evidencia de una desaparición, de una conspiración, de algún duelo? Se busca: “Crónica de la tos”, un cuento inédito de David Loría. Se ofrece recompensa: no ofrezco mucho, pero quiero que vuelva. Ayer alguien me dijo: ¿por qué no hablas del esfuerzo que implica escribir sobre lo ya escrito? ¿por qué no escribes sobre el trabajo que cuesta volver a comenzar, meses después, otra historia? Los buenos cuentos, un buen día se van. Como los calcetines, el desamor, los días lejos de casa o los miedos. Dice mi escritora favorita: ¿Cuándo decimos adiós, qué otra cosa saludamos, en realidad? Siempre quedan las fotografías mentales, la capacidad de amar, la curiosidad de vivir y la tos, esa vuelve incansablemente. Es pues, un cuento que no es un cuento. Aquí va, entonces, mi intento de “volver a empezar”.]

Crónica de la tos

Si he de contar la historia de mi tos, debo remitirme a mis escasos nueve años, y situarme en aquella casa que los abuelos tenían en la playa. Cuando todavía existían los domingos sin pendientes, sin más planes que visitar la arena con la familia. Hacía mucho tiempo que la casa estaba cerrada, el polvo y el salitre habían carcomido algunos muebles y puertas, la escalera de madera crujía, los mosquiteros estaban oxidados. Recuerdo, sobre todo, el olor a mar, era como encontrarse dentro de un caracol. Estaba ante el escenario perfecto para explorar, para sumergirme en un misterio: yo que siempre quise ser detective o, más que nada, un resolvedor de laberintos. 

Mientras mi madre leía el periódico en la terraza, y mi padre y mi hermana volaban un papalote a la orilla del mar, yo recorrí minuciosamente la casa y sus rincones. Encontré una vieja revista de farándula, un par de sandalias olvidadas, una caja de polvo blanco escondida en el refrigerador. Pero lo que más captó mi atención, me atrajo, me sedujo, fue un tubo de goma que yacía bajo un sillón. Me acerqué sigilosamente y lo extraje de su escondite: la textura era resbaladiza e inquietante. Era un viejo snorkel, la evidencia de un buceo, de una respiración artificial. La curiosidad lo llevó del suelo a mis manos, de las manos a mi rostro. Y sí: coloqué su boca entre mis labios. Y sí, también: aspiré. Toda partícula del tiempo contenida en aquél túnel ingresó a mi cuerpo. Desde aquél momento, la tos me acompaña a todas partes.

Es posible medir los años, los días y las horas con respecto a los ataques de tos. Hay días de mucha tos, días de tos seca, días de tos húmeda y también días de poca tos. Pero nunca días libres de aquél monstruo que gruñe en mi interior. Los años de la adolescencia fueron los más complicados, despertaba de una pesadilla para toser y toser, me aterraba que en la escuela alguien descubriera mi secreto, que supieran por qué no jugaba yo al futbol, por qué no me presentaba a las fiestas y reuniones. Vivir conectado a vaporizadores, llevar en el bolsillo un inhalador como mascota, enfrentarse al sapo de las flemas verdes, explicar por qué me gusta tanto y me hace tan bien nadar. Probar sin efecto alguno, pastillas y jarabes de todos los tamaños y sabores.

Sin embargo, algunas experiencias me dieron la esperanza de que no era el único que padecía de este mal. Cuando venía el ataque de tos, pedía ir al baño del colegio, donde alguna vez escuché una tos parecida a la mía. De frente al espejo, observé a un niño alto, rubio y con anteojos salir de uno de los excusados. Me miró con la complicidad de compartir el mismo secreto, la misma entonación, las mismas arcadas en los pulmones. Nuestras miradas oblicuas se cruzaron a través del espejo. Le sonreí, lo recuerdo, pero desapareció enseguida, provocando que, al salir del estupor, tosiera yo de nuevo.

Ahora ha pasado mucho tiempo, pero la respiración entrecortada no cesa. Neumólogos, homeópatas, psicólogos. Ningún especialista ha dado con la cura para mi tos. Hay momentos en que, entre un café por la tarde, en medio del tráfico o mientras camino por los parques de la Gran Ciudad, me impresiono de llevar una, dos, tres horas sin toser. Y entonces, la tos vuelve como una lluvia torrencial. Es difícil ser un humano con tos. Todo se complica cuando tomo un avión y siento la enemistad de los demás pasajeros: Está el bebé que no para de llorar, la persona que se levanta al baño hasta en la turbulencia y el hombre que tose y tose. Cuando me atrevo a ir al cine, escondido en la oscuridad, arrellanado en el cojín de la butaca, la tos delata mi ubicación en el mundo. Cuando pretendo tener una cita, las cosas no son menos complicadas. Por lo general, el caballero sentado frente a mí termina apenadísimo, observando a nuestro alrededor y encontrándose con miradas enjuiciantes que parecen decir “míralo, ¿cómo puede salir con un hombre de tos?” o en el peor caso, “¿no tiene miedo de contagiarse?”.

La tos me recuerda que soy un cuerpo habitando el mundo, que tengo la capacidad de seguir sonando, de continuar haciendo ruido. La tos interrumpe mis silencios y  también los inaugura. La tos es el lugar para volver a encontrarme, para recordar que hablo un lenguaje propio, diferente. Ahora, después de tantos años, han llegado otras preocupaciones: pagar la tarjeta, pensar en el futuro, abrirle el corazón a quien no tenga miedo de mi respiración entrecortada. Después de todo, todos tenemos una tos contra la cual dejamos de luchar en algún punto. Todos poseemos un aliento que no nos abandona a pesar de que todo lo demás se esfume y cambie. Después de todo, la tos me recuerda que estoy vivo.

D.

Mérida, Yucatán.

Viernes 22 de abril 2016.

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2 pensamientos en “Un anti-cuento: Crónica de la tos

  1. Hay aspectos de nosotros mismos que nos hacen ser diferentes a los demás y especiales😘😘 Además, la tos “sirve” para que la persona que tengas a un lado te abrace (mis papás siempre lo hacían)… Realmente, al menos yo, debería toser un poco más.

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